TULIP: Doctrinas de la Gracia – Depravación Total (1)

Ver artículo anterior, “Tulip: Doctrinas de la Gracia (Introducción)

“¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito:
No hay justo, ni aun uno;
No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.
Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno…
No hay temor de Dios delante de sus ojos.”

Romanos 3.9-12, 18 RVR1960

Creo que es muy difícil abordar el tema de la Depravación Total sin antes entender el concepto de pecado y cómo es que el pecado llega a ser parte de todos los seres humanos.

Desde el momento mismo de la caída en Edén, el hombre ha procurado para sí mismo el control, ser la autoridad sobre su propia vida. Creo que todos podemos reconocer que en la oferta que hacía Satanás por medio de la serpiente en el Edén no había una intención de mejoría verdadera, de beneficiar al recién creado ser humano (es ilógico para quienes conocían el bien, la bondad, la abundancia, pretender que “conocer el mal” les beneficiaría en algo), pero sí la de colocar al ser humano en una condición de castigo, de condena, por parte del Santo Creador. Lo que estaba en juego era la autoridad, la soberanía.

Dios había dado una orden, la primera ley a la humanidad (y la única ley para la humanidad antes de la caída): “del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás”, y como Todopoderoso Creador esperaba que Adán la obedeciera. Cuando Satanás aborda a Eva no le da una orden nueva, más bien reta la que Dios había dado (“con que Dios os ha dicho… no moriréis”) y deja en el hombre la decisión de obedecer o no al Creador. Como Engañador que es, Satanás crea la curiosidad, alimenta la codicia, y los motiva a voluntariamente separarse del Creador, pero no les da una orden. Cuando Adán y Eva decidieron comer del fruto no estaban obedeciendo a Satanás, estaban más bien obedeciendo sus propios deseos, desobedeciendo a Dios y su autoridad, y estableciendo sobre ellos la propia. En esto consiste el pecado: en desobedecer a Dios, que no es más que retar su autoridad y procurar establecer la nuestra, hacer de nosotros los soberanos. Esto parece mucho para digerir, pero en realidad no es así. Tendemos a pensar que hay PECADOS y pecados (más pequeños), y sin duda ningún pecado sería más pequeño en nuestras mentes que uno como comer de un fruto del que se nos ordenó no hacerlo. Pero para con Dios el pecado es el pecado, y todo pecado implica una ofensa a su Santidad, una ruptura de su Santo Ser con quien peca. Quien peca no lo hace de manera inocente, más bien decidiendo que no le dará a Dios lo que quiere y merece, pero que hará su propia voluntad, haciendo de sí mismo entonces su propio soberano y dios.

Debo insistir: pecado es no someterse a la autoridad de Dios y establecer la propia, hacerse uno mismo el soberano de su vida.

De acuerdo con Pelagio (c. 354-418), un sacerdote británico, esta verdad sólo aplicaba a Adán y a Eva, no a su descendencia. De acuerdo con Pelagio, de la misma manera en que Adán y Eva tenían la voluntad para decidir obedecer la ley de Dios para salvación o rechazarla para condenación, todos los seres humanos nacen con tal capacidad (el llamado “libre albedrío”). Esta es la misma convicción que Arminio plantea sobre este tema cuando procura rebatir en las Doctrinas de la Gracia aquella que se ocupa de la Depravación (o Incapacidad) Total, el primero de los Cinco Puntos del Calvinismo; para ellos los hombres aprenden a pecar por imitación y no existe tal cosa como el pecado original, la transmisión de esa búsqueda de soberanía, que descalifica a todos los hombres. ¿Qué nos dice la Palabra de Dios?

El texto que citamos en principio, Romanos 3.9-18, nos resume esta verdad, partiendo de la frase “todos [la humanidad] están bajo pecado”, es decir, todos se encuentran bajo la autoridad del pecado, bajo el control del pecado, y en principio en esto no hay desacuerdo. Sin embargo, ¿nacen los hombres sin estar afectados por el pecado original, y luego es que aprenden a pecar?

Si el binomio Pelagio-Arminio están en lo correcto, entonces deberíamos los creyentes ser el mejor ejemplo de su teoría, veamos qué dice la Escritura sobre el asunto:

“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.” (Efesios 2:1-3; RVR1960)

Sobre la condición del ser humano sin Dios este pasaje nos enseña, al describir la vida previa de los hijos de Dios, algunas verdades importantes:

  1. El hombre sin Cristo está naturalmente muerto (v. 1); la condición de estar muerto imposibilita al hombre para elegir o hacer cualquier cosa de la misma manera que una persona que ha muerto no puede influenciar o elegir ninguna acción. La comparación aquí es similar a la que hace el apóstol Pablo en Romanos 6 cuando nos invita a los creyentes a vivir como “muertos al pecado” (Romanos 6.11), es decir, como libres de la influencia del pecado. Un muerto no puede elegir ni hacer nada, por lo que el hombre sin Cristo es incapaz de elegir o hacer nada para Dios.
  2. El hombre sin Cristo sigue naturalmente la corriente de este mundo, conforme a los deseos de Satanás (v. 2); mientras que en Edén el hombre obedeció voluntariamente a los deseos que en su corazón había puesto la serpiente, al hacerlo llega a tener coincidencia y afinidad con el enemigo de Dios, Satanás. Como dice Jesús, Satanás es padre mentira y nosotros mentimos, es homicida desde el principio y nosotros somos homicidas (Juan 8.44), y así con todos los demás pecados. Ya no vivimos naturalmente conforme a Dios, pero sí conforme al Diablo.
  3. El hombre sin Cristo es POR NATURALEZA hijo de la ira de Dios (v.3); la palabra que se utiliza en el idioma original es φύσις (fusis, de donde viene nuestra palabra “física”), que de acuerdo con el Compendio del Diccionario del Nuevo Testamento denota “la «verdadera naturaleza» en contraste con las acciones”, por lo que el apóstol Pablo es movido por el Espíritu Santo para explicar que la condición natural, esencial, del ser humano es la de estar bajo la ira de Dios (debido a lo descrito anteriormente en 1 y 2), y esto incluso antes de sus acciones, por lo que la causa de sus acciones es su naturaleza. No es que el ser humano esté enfermo, tampoco alejado de Dios, mucho menos que Dios esté rogándole que le ame y obedezca y que entonces el ser humano considere lo bueno y generoso de esta oferta y se vuelva por sí mismo a Dios, es que además de estar naturalmente muerto, la naturaleza humana desagrada a Dios al punto de encontrarse siempre airado contra ella, no solamente con sus acciones. Esto explica el porqué todos mueren, incluso los que no han nacido o los que no nacieron sin la capacidad de poder ejercitar su voluntad, limitados por alguna enfermedad (Romanos 5.12-14). De acuerdo con la Escritura, Adán era el representante de todos los seres humanos, y así como con otras características genéticas, nos traspasó el pecado, no como una opción pero como nuestra naturaleza:

“Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.” (Romanos 5.17-19; RVR1960)

De acuerdo al pasaje citado anteriormente, de Adán no sólo heredamos la muerte, pero también los efectos (la condenación) por el pecado.

Ante tal realidad, el regalo de la Salvación en Cristo debe hacer que cada creyente se rinda en adoración continua y eterna al Dios de toda justicia pero también de toda gracia y misericordia, quien nos amó por encima de nuestra natural maldad, y nos rescató por y para su gloria. ¡Bendito sea su nombre por todos los siglos!

Dios les bendice.

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