TULIP: Doctrinas de la Gracia – Depravación Total (2)

Ver artículos anteriores: “Tulip: Doctrinas de la Gracia (Introducción)” – “TULIP: Doctrinas de la Gracia – Depravación Total (1)

“¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito:

No hay justo, ni aun uno;

No hay quien entienda,

No hay quien busque a Dios.

Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;

No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno…

No hay temor de Dios delante de sus ojos.”

Romanos 3.9-12, 18; RVR1960

Al escuchar la expresión “Depravación Total” es imposible no reaccionar visceralmente. Aquellos que siguen a Pelagio y Arminio, que entienden hay en el ser humano la bondad suficiente para buscar a Dios y su salvación, se indignarían ante la idea de que una expresión tan horrible y cruel pudiera describir a la humanidad. Edwin H. Palmer, en su libro “Five Points of the Calvinism, A Study Guide” hace algunas consideraciones importantes con relación a lo que no es “Depravación Total” y me permito citarlo a continuación:

“Ser totalmente depravado no significa que una persona sea tan intensamente malvada como sea posible, sino tan extensamente malvada como sea posible … No solo los pecados del hombre no son tan malos como podrían ser, sino que tampoco son tan completos como deberían ser. Un hombre no comete todos los pecados posibles.”

Como parte de su amor, gracia y bondad, Dios ha creado elementos que pueden restringir la capacidad del hombre para pecar; el primero es la conciencia (Romanos 2.14-15) y el segundo es la autoridad del estado en procura del bien común (Romanos 13.3-6; 1 Pedro 2.13-14), pero ambas instancias se encuentran de por sí permeadas por el pecado y son incapaces de cumplir su labor de manera más efectiva (en el caso de la conciencia, véase los apóstatas en 1 Timoteo 4.1-5; para las autoridades, recordemos las palabras de Juan el Bautista en Lucas 3.12-14). Bien dice John Piper: “No hay duda de que el hombre podría realizar más actos malvados hacia su prójimo que los que hace” (Five Points: Towards a Deeper Experience of the Grace of God).

El texto de Romanos 3 nos habrá de enseñar en qué consiste la Depravación Total en la que, según hemos demostrado ya, se encuentra la humanidad desde su naturaleza misma. Desde que inicia el desarrollo de la carta a los Romanos, el apóstol Pablo nos muestra el dominio del mal y la injusticia en toda la humanidad. En el capítulo 1 nos habla de la corrupción humana a causa de ignorar la existencia de Dios y su poder, luego en el capítulo 2 nos enseña que tal condición no es exclusiva de los gentiles, pues los gentiles cometen estos pecados sin tener ley divina pero los judíos los cometen por encima de la ley divina a ellos revelada por el Señor. Así, pues, se introduce este capítulo 3, en el que el apóstol Pablo inicia diciendo que los judíos no aprovecharon la gran ventaja que significaba el recibir la Palabra revelada, pues estos no son mejores que los gentiles, que es justo la pregunta que responde el v. 9: “¿Somos mejores que ellos? En ninguna manera”. La razón es que todos están bajo pecado.

La autoridad del pecado sobre toda naturaleza humana no redimida es incuestionable y se manifiesta de múltiples formas: con pretensiones de soberanía e independencia para con Dios, y en los tratos egoístas para con el prójimo. Los versos 10 al 18 de Romanos capítulo 3 son inclusivos y absolutos, no excluyen a ningún ser humano y tampoco a ninguna conducta humana al definir la condición para con Dios a causa de encontrarse todos bajo la autoridad del pecado. En tal sentido ningún ser humano es naturalmente justo delante de Dios, ninguno entiende a Dios pues viendo lo creado rechazan al Creador y adora a sus criaturas. Tampoco hay alguno que busque a Dios, pues de acuerdo a lo revelado por el mismo apóstol Pablo, Satanás les “cegó el entendimiento, para que nos les resplandezca la luz del evangelio de Cristo” (2 Corintios 4.4). Por todo lo anterior, no hay entre los hombres ninguno que haga lo que es esencialmente bueno.

Ahora bien, ¿no es un acto de bondad el de un soldado que ofrece su vida por la de sus compañeros? ¿O la de un Boy Scout que ayuda a un anciano a cruzar la calle? ¿No es un acto de amor cuando un padre decide donar uno de sus riñones a su hijo para devolverle la salud? De igual forma, ¿no es algo bueno ir a la iglesia, donar parte de sus ingresos a instituciones caritativas, e incluso leer las Sagradas Escrituras cada noche antes de ir a la cama? Si estas acciones fueran evaluadas por los hombres, sin duda serían reconocidas como bondadosas y justas. Pero el asunto es que quien evalúa estas obras conoce también todo acerca de quien las hace: su mente, su corazón, sus verdaderas motivaciones y todos sus otros pecados e incapacidades. Las obras que realiza un muerto espiritualmente no tienen impacto alguno en cuanto a la justicia de Dios, pues son como “trapo de inmundicia” (Isaías 64.6). La realidad es que sin el impulso del Espíritu Santo incluso nuestras mejores acciones son incapaces de llenar la medida del estándar del Señor, pues como dice Pablo “todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14.23).

Definitivamente el alcance del pecado abarca a todos los seres humanos, y también a todo su ser y a todas sus acciones. ¡Oh, adoremos a Aquel que siendo Justo y Santo, ama a pecadores descarriados y los vuelve a sí mismo, para gloria suya!

Dios les bendice.

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