TULIP: Doctrinas de la Gracia – Elección Incondicional

Ver artículos anteriores: “Tulip: Doctrinas de la Gracia (Introducción)” – “TULIP: Doctrinas de la Gracia – Depravación Total (1)” – “TULIP: Doctrinas de la Gracia – Depravación Total (2)

“Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”

Romanos 9.10-16 RVR1960

Recién hemos completado nuestro estudio sobre la Depravación Total (“T” de TULIP , por Total Depravity en inglés) y por la gracia de Dios avanzamos hoy hacia la “U”: Elección Incondicional (Unconditional Election, en inglés). Como sabemos, las Doctrinas de la Gracia están íntimamente vinculadas, es imposible estar de acuerdo con una y negar las demás, ellas forman una firme cadena que garantiza y sostiene la eterna salvación de aquellos que han pasado de muerte a vida. Cada una de estas doctrinas muestran una progresión, un desarrollo sistemático, que lleva desde la muerte a causa del pecado (Depravación Total) hasta la mencionada eterna y segura salvación (Perseverancia de los Santos).

“Las Doctrinas de la Gracia … forman una firme cadena que garantiza y sostiene la eterna salvación de aquellos que han pasado de muerte a vida”

La Doctrina de la Elección Incondicional nos ayuda a resolver el conflicto que resulta de entender la verdad en la Doctrina de la Depravación Total: la condición de muerte espiritual del ser humano evidencia su incapacidad de elegir a Dios por sí mismo, dejando a la humanidad en la derrota, bajo la ira y el juicio de Dios, pendiente de una condenación eterna; la Elección Incondicional nos muestra cómo algunos de estos muertos espirituales llegan a tener vida eterna.

Robert L. Dabeny, en su libro “Los Cinco Puntos del Calvinismo” cita la Confesión de Fe de Westminster según fue adoptada por las Iglesias Presbiterianas, y en su Capítulo 3 dice:

«Por el decreto de Dios, y para la manifestación de su gloria, algunos seres humanos y ángeles son predestinados y preordenados para vida eterna, y otros preordenados para muerte eterna». (Sección 3.3)

«Estos ángeles y seres humanos así predestinados y preordenados, están particular e inmutablemente designados, y su número es tan cierto y definido, que no se puede aumentar ni disminuir».  (Sección 3.4)

«Al resto de la humanidad por su pecado, agradó a Dios pasarla por alto y destinarla a deshonra e ira, según el inescrutable consejo de su propia voluntad, por el cual extiende o retiene misericordia como a Él le place para la gloria de su poder soberano sobre las criaturas, para la alabanza de su gloriosa justicia» (Sección 3.7)

Al leer estos artículos de la Confesión de Westminster se nos mencionan dos conceptos importantes en nuestro propósito de entender la Doctrina de la Elección Incondicional, y son estos el de “Predestinación” y “Preordenación”. Procuraremos, pues, en esta ocasión definir el primero de estos conceptos.

Preordenación:

De acuerdo con Edwin H. Palmer, la Preordenación “significa el plan soberano de Dios, mediante el cual Él decide todo lo que sucederá en el universo. Nada en este mundo sucede por casualidad. Dios está detrás de todo. Él decide y hace que sucedan todas las cosas que suceden”. El concepto de preordenación implica que Dios no sólo tiene conocimiento de todas las cosas, pero además está a cargo de ellas, dirigiendo todo para el cumplimiento de su plan y sus designios, incluso aquellas que son pecaminosas o dañan a sus hijos.

Consideremos el siguiente pasaje:

“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” Mateo 10.28-31 RVR 1960

Este pasaje es parte del contexto en el que el Señor Jesucristo ha seleccionado a sus discípulos (10.1-4) y les encomienda la proclamación del mensaje del Evangelio (10.5-15), para luego advertirles sobre los peligros que implicará el ser fiel al nuevo y glorioso ministerio que les era encomendado (10.16-25). En esta última sección el Señor hace saber a los discípulos que a partir de entonces serían como “ovejas en medio de lobos” (v. 16) pero esto no es una invitación a realizar la tarea con temor, más bien a ser “prudentes y sencillos” (v. 16), perseverar hasta el fin (v. 22) y ser fieles y constantes (v. 23). Ellos habrían de compartir los sufrimientos de su Señor (vv. 24-25). Por todo esto es que se les ordena no temer y ser fieles en el ministerio (v. 26), incluso si eso significa la muerte (v. 28), y ¿por qué? ¡Porque nada ocurre si el Señor no lo permite! (vv. 28-31). No es que el Señor simplemente “conoce”, pues aquí el énfasis no es el conocimiento previo pero las acciones: “… temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (v. 28); es una invitación a confiar en el poder del Señor para con justicia juzgar a los que dañen a sus siervos (2 Tesalonicenses 1.3-10) pero igualmente a entender que ese Todopoderoso Dios tiene el control incluso de los gorriones que al ser cazados caen muertos a tierra, ¿cuánto más no tendrá control de lo que nos ocurra? Tal como dijera el Dr. Francisco Lacueva (citado por el Samuel Pérez Millos en su Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento – Mateo):

“Los hombres podían cazarlos, pero ya sea que murieran de muerte violenta o de muerte natural, no caían sin el permiso de Dios. Su muerte es noticia en el diario divino. ¡Cuánto más la muerte de uno de los hijos de Dios”

Por lo anterior, ser obedientes al llamado del Señor al ministerio es el mandato, incluso si cuesta la vida, porque no hay persecución o daño que sufran los hijos de Dios que Él no hubiera permitido.

Hay un aspecto todavía más relevante en cuanto a la preordenación, y es lo relativo a la salvación. Debido a la Perfección y Santidad del Ser de Dios, siendo esta el único de sus atributos divinos que recibe un triple énfasis en la Escritura (Isaías 6.3, Apocalipsis 4.8), nos indica esto no de una superioridad de este atributo sobre los demás (Dios es perfectamente equilibrado) pero sí de su importancia en relación con nuestra naturaleza y condición como seres humanos: somos pecadores y Él es perfectamente Santo, y por lo mismo estamos por naturaleza preordenados a condenación, destituidos de los eternos beneficios de vivir en comunión con Él . Esta es la razón para la respuesta del profeta Isaías al tener este encuentro con Dios:

“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” (Isaías 6.1-5 RVR1960)

La elección para la salvación resulta ser, como sabemos, una obra de gracia realizada por Dios en favor de aquellos a los que quiso salvar. En el caso de Isaías, Dios dispuso soberanamente encontrarse con él en el templo, según su agenda y planes y no según los de Isaías. La convicción de pecado llega a Isaías no como una reflexión personal pero como resultado de ser expuesto a una gloriosa visión de la Majestad y la Grandeza del Santo y Todopoderoso Dios, y la limpieza suya no vino por un clamor personal de salvación pero porque el Dios soberano lo ordenó así. La idea de preordenación trae consigo la presuposición de que la humanidad como un todo se encuentra condenada, como hemos dicho ya.

Consideremos la manera en que obra la preordenación, y para esto analicemos el siguiente pasaje:

“El siguiente día de reposo se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios. Pero viendo los judíos la muchedumbre, se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando. Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo:

Te he puesto para luz de los gentiles,
A fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra.

Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Y la palabra del Señor se difundía por toda aquella provincia. Pero los judíos instigaron a mujeres piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus límites. Ellos entonces, sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, llegaron a Iconio. Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.” (Hechos 13.44-52 RVR1960)

El contexto del pasaje es el siguiente: Pablo y Bernabé, encomendados por el Espíritu Santo (Hechos 13.2), salen en su primer viaje misionero y luego de predicar el evangelio en Chipre y teniendo allí como fruto la conversión del mismísimo procónsul Sergio Paulo, zarpan hasta llegar a Antitoquía de Pisidia, y visitando la sinagoga de aquella ciudad son invitados por los principales de la sinagoga para compartir “alguna palabra de exhortación para el pueblo”. Pablo, puesto en pie, expone un hermoso y sucinto mensaje que inicia con la elección de Israel para ser el pueblo de Dios, continúa resumiendo los fracasos y pecados del pueblo, hasta llegar a Cristo Jesús “el Salvador de Israel” (13.23), a quien los judíos mataron sin ser culpable (13.27-28), pero Dios le levantó de los muertos (13.30), por lo que este Jesús Salvador es quien otorga el perdón de los pecados y la justificación por la fe (13.38-39). La respuesta a este sermón de Pablo fue principalmente curiosidad mezclada con un poco de interés.

La curiosidad es tal que se reúne una multitud a la que Lucas describe como “casi toda la ciudad” para oír no a Pablo, pero más bien la Palabra de Dios (v. 44). Entonces conocemos aquí la respuesta de esta grande multitud al ser expuestos al mensaje de la Palabra de Dios predicado por Pablo:

  1. Hay quienes refutan y adversan el mensaje (v. 45); los judíos que antes habían invitado a Pablo a predicar hoy por envidia y celos refutan el mensaje y blasfeman contra Pablo. Escucharon el mismo mensaje, que fue dirigido originalmente a ellos y que era consecuente con el llamado de Dios para con Israel y evidencia del cumplimiento de las profecías sobre el Mesías Salvador, mensaje que apenas la semana anterior habían escuchado con detenimiento, y seguido a Pablo y a Bernabé a sus casas mientras seguían escuchando el mensaje. Pero el ser israelita, tener la Palabra y las profecías, escuchar con atención el mensaje, no produjo en ellos arrepentimiento pero sí atrajo para ellos más condenación. Pablo afirma sobre ellos que “desecharon el mensaje” (v. 46), utilizando para describir esta acción la palabra apotheo y en una conjugación verbal que implica que ellos reflexionaron e interiorizaron el mensaje y aún así no creyeron y lo arrojaron fuera de ellos.
  2. Sin embargo, un grupo de los gentiles experimentaron gozo al escuchar que Dios había enviado un mensajero para ellos (vv. 47-48); de acuerdo con Lucas ellos “glorificaban la Palabra del Señor”. Un tremendo y marcado contraste entre los gentiles y los judíos, los prosélitos y los que habían recibido la ley. Hay una razón por la que estos creen, se regocijan y glorifican la Palabra del Señor: el texto dice que ellos creyeron, ellos tuvieron fe. ¿Cómo ocurrió tal cosa? Incluso si estos, como asumimos, eran prosélitos piadosos (v. 43) ellos no eran los receptores originales del mensaje, no eran Israel. Ellos no vivieron los milagros, ni recibieron la ley y los profetas, tampoco las promesas en ellos contenidas, pero ellos creyeron. La respuesta la pregunta de por qué estos creyeron y los otros no es provista por el Señor en el texto: creyeron porque “estaban ordenados para la vida eterna”. El texto es enfático: no todos los presentes podrían creer, pero sí “todos los que habían sido ordenados para vida eterna”.

Esto es la Preordenación como parte de la Elección Incondicional: Dios ordena antes de la fundación del mundo, por el simple deseo de su voluntad, aquellos que serán beneficiados con recibir la vida eterna. En nuestro próximo estudio concluiremos con la Doctrina de la Elección Incondicional enfocándonos en la predestinación de los santos, pero al despedirme en esta ocasión les dejo estas palabras atribuidas a Juan Calvino:

“Dios preordenó, para su propia gloria y el despliegue de sus atributos de misericordia y justicia, una parte de la raza humana, sin ningún mérito propio, para la salvación eterna, y otra parte, en el justo castigo de su pecado, para la eterna condenación."

¡La gloria es Suya! ¡Hoy y por siempre, alabemos su Gran Nombre!

Dios les bendice.

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