TULIP: Doctrinas de la Gracia – Elección Incondicional (2)

Ver artículos anteriores: “Tulip: Doctrinas de la Gracia (Introducción)” – “Depravación Total (1)” – “Depravación Total (2)” – “Elección Incondicional (1)

La Elección Incondicional es un acto soberano de un Dios soberano. En sus tratos con el ser humano probablemente no hay otra acción que manifieste tanto la soberanía del Señor como la Elección Incondicional. John Piper define la Elección Incondicional de la siguiente manera:

“Elección se refiere a Dios escogiendo a quién salvar. Es incondicional en el sentido de que no hay ninguna condición que el hombre deba cumplir antes de que Dios elija salvarlo. El hombre está muerto en delitos y pecados. De modo que no hay ninguna condición que pueda cumplir antes de que Dios elija salvarlo de su muerte.” John Piper (traducido de “Five Points – Towards a Deeper Experience of God’s Grace”)

El concepto Arminiano de Elección es condicional, pues ve al ser humano como suficientemente bueno para decidir por sí mismo elegir a Dios, y según esta corriente, es basado en el conocimiento previo de esta condición que Dios entonces elige. Según creemos, esto es contrario al carácter de Dios revelado en las Sagradas Escrituras. En Romanos 9.11 podemos reconocer de inmediato que la elección no se basa en acciones del ser humano pero sí en la decisión soberana del Señor:

“… porque aún cuando los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras, sino por aquel que llama, se le dijo a ella: El mayor servirá al menor. Tal como está escrito: A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí” (Romanos 9.11 LBLA)

Esta elección por parte del Señor, hecha sin la influencia de ninguna obra humana, mucho antes del nacimiento humano, es lo que llamamos “predestinación”. La palabra como tal viene del griego προορίζω (proorizo, pro por “anticipado”, y orizo, que es “determinar”). En términos de cronología histórica neotestamentaria, el primer uso de la palabra ocurre en la oración de los creyentes en Jerusalén luego de que los apóstoles Pedro y Juan comparecieran ante el sanedrín y fueran liberados:

“Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, juntamente con los gentiles y los pueblos de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera (Hechos 4.28 LBLA)

En esta singular oración, la iglesia reconoce que el sacrificio de Cristo fue ejecutado por las manos de actores humanos (Herodes, Poncio Pilato, y los gentiles e israelitas), pero esto no fue hecho aislado y sin control que el Señor aprovechara para cumplir su plan; por el contrario, la declaración recogida por Lucas afirma que tales sufrimientos vinieron porque la “mano y el propósito” del Señor que hizo “los cielos y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay” (4.24) así “habían predestinado que sucediera”.

Sin embargo, el uso teológico que define el momento y lugar en los que tal predestinación ocurre lo registra el apóstol Pablo:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado” (Efesios 1.3-6 LBLA)

Las afirmaciones de Pablo son de vital importancia para que podamos entender la Doctrina de la Predestinación según nos enseña en las Sagradas Escrituras:

Las bendiciones de la Predestinación son completas en Cristo (v. 3); al expresar que el Señor nos bendijo no escatimó palabras para explicar lo completo de estas bendiciones, pues afirma que Dios nos bendijo “con toda bendición espiritual”. ¡Todas nuestras necesidades espirituales han sido eficazmente provistas y satisfechas por nuestro Dios! Nada nos hace falta ya para disfrutar de relación y comunión Plena con el Padre Celestial. Pero no sólo esto, podemos tener confianza porque además de la fuente de bendición (el Padre) Pablo nos muestra la base sobre la que descansa nuestra bendición, y este es Cristo Jesús. En el eterno acuerdo del Dios Trino, el Hijo por su sacrificio garantiza el cumplimiento de las bendiciones que el Padre decidió soberanamente para nosotros, antes de la fundación del mundo. Por esto afirma también:

“Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención, para que, tal como está escrito: El que se gloria, que se gloríe en el Señor.” 1 Corintios 1.30-31 LBLA

Las bendiciones de la Predestinación nos imparten una nueva naturaleza (vv. 3-4); el Espíritu Santo inspira a Pablo a decir que no es nuestro esfuerzo lo que promueve nuestra santidad personal (sin la que ninguno verá al Señor, Hebreos 12.14), pero más bien es por el amor del Padre manifestado en las mencionadas bendiciones que tenemos en Cristo la oportunidad de ser ahora santos y sin mancha en su presencia. Un poco más adelante en la carta, al comparar la responsabilidad del esposo con la esposa, Pablo nos dice:

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada.” (Efesios 5.25-27 LBLA)

Podemos ver que la Iglesia-esposa sólo se beneficia de lo que el esposo hace, pues es el esposo, Cristo Jesús, quien por su sacrificio obtiene para su iglesia santidad, pureza, y es Él mismo quien garantiza que en el día de nuestra reunión con Él nos presentaremos en su presencia como una iglesia sin “mancha ni arruga ni cosa semejante”, pero sí “santa e inmaculada”. Tal actitud, como ya sabemos, a causa de nuestra Depravación Total, no es natural a nosotros mismos, es un acto de bendición en Cristo que hace que por la predestinación ahora seamos “adoptados como hijos”.

Las bendiciones de la Predestinación tienen su origen en la voluntad del Padre (v. 5); la escogencia por el Padre de sus hijos ocurre “en los lugares celestiales en Cristo”, en ese Santo Concilio en el que el Dios Trino estableció en sí y por sí las bendiciones y los benditos, y esto antes de que el mundo fuera. La razón que plantea el inspirado apóstol Pablo para tal decisión no es la voluntad humana, es la voluntad del que bendice, del que escoge, del que predestina, de nuestro Dios. Afirma Pablo que es por el “beneplácito de su voluntad”. Esta frase en griego es enfática, pues literalmente quiere decir: “conforme a la buena voluntad que Él [Dios] se propuso tener”.

Las bendiciones de la Predestinación tienen como propósito dar gloria al Padre (v. 6); el propósito de todo esto no es nuestra salvación, tan escandaloso como esto nos parezca. No, el propósito final no es el beneficio para el hombre perdido, es la gloria de aquel que decide bendecir. La infinita bondad de Dios le hace decidir salvar a algunos de los pecadores “conforme a la voluntad que Él se propuso tener”, sin tomar en cuenta ninguna obra humana (pues él la ha impartido gratuitamente sobre nosotros en el Amado Jesucristo), para que lo único que resaltara fuese su Gracia, recibiendo entonces toda la gloria que merece.

¡Oh, que maravilloso es saber que Dios decidió dar gloria a su Gran Nombre al decidir por amor dar a su Amado Hijo Jesucristo en la cruz por nuestros pecados para que hoy seamos herederos de Salvación y Vida Eterna!

Dios les bendice.

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