T U L I P – Expiación Limitada (1)

Ver artículos anteriores: “Tulip: Doctrinas de la Gracia (Introducción)” – “Depravación Total (1)” – “Depravación Total (2)” – “Elección Incondicional (1)” “Elección Incondicional (2)” – “Elección Incondicional (3)” – “Elección Incondicional (4)

T U L I P : Doctrinas de la GraciaExpiación Limitada

Continuamos con nuestra serie sobre las Doctrinas de la Gracia, en el día de hoy iniciamos nuestro estudio sobre la Expiación Limitada.

Antes de avanzar en el estudio de esta Doctrina de la Gracia, es necesario que definamos el concepto de “expiación”, y cómo el mismo se aplica a Cristo Jesús y a su obra. Primero mostraremos el concepto según se revela en el Antiguo Testamento y a la vez cómo este concepto encuentra aplicación en la obra de Cristo en el Nuevo Testamento.

En el hebreo, la palabra para “expiación” (kapar) conlleva consigo la idea de “cubrir”; la primera vez que aparece es en Génesis 6:

“Constrúyete un arca de madera resinosa, hazle compartimentos, y cúbrela con brea por dentro y por fuera.” (Génesis 6.14 NVI)

Ahora bien, el contenido teológico se desarrolla a partir de la descripción de los sacrificios y ofrendas por el pecado en el libro de Levítico; por ejemplo, en el capítulo 4 (vv. 13-21) se explica la manera en la que el pueblo de Israel podría acercarse a su Dios (y nuestro) en busca de perdón de pecados. Se nos dice que el pueblo en asamblea debía ofrecer dos “novillos”, el primero de los cuales sería sacrificado y su sangre presentada ante el Señor (véase Levítico 17.11 y Hebreos 9.22), derramándola ante el altar del holocausto, mientras el resto del animal sería consumido por las llamas en dicho altar (vv.14-19). El segundo animal sufría el mismo destino, sólo que era quemado fuera del campamento (vv. 20-21). Ambos en conjunto representaban la “ofrenda por el pecado” (vv. 20, 21), y el Señor inspira a Moisés a decir que tal acción realizada por el sacerdote lograría para el pueblo la “expiación por ellos, y serán perdonados” (v. 20). En esto consiste la idea teológica del concepto de “Expiación”: hay un sustituto a quien se le imputa el pecado de alguien más y que, como consecuencia, recibe un justo pero inmerecido castigo; el castigo es justo porque es conforme a los requerimientos del Santo Juez, pero es inmerecido porque quien recibe el castigo lo hace en lugar de alguien más, no por una falta que él mismo cometiera.

Esta es la idea que se explica todavía más en el capítulo 16 del mismo libro, donde se nos narra la más sublime de las fiestas religiosas del pueblo de Israel, el “Día de la Expiación”. A diferencia del sacrificio mencionado anteriormente, que era situacional, este se celebraría todos los años en la misma fecha: a los diez días del séptimo mes (tisrí, mediados de Septiembre a mediados de Octubre), manifestando esto que el pecado del pueblo no era algo “situacional” o “casual” sino más bien algo cierto, seguro, continuo. También este Día de la Expiación implicaba el uso de tres animales en lugar de dos, pues ahora el Sumo Sacerdote debía ofrecer un novillo en sacrificio primero por sus propios pecados (vv. 6, 11); además, de los otros dos animales (machos cabríos) uno era sacrificado, su sangre esparcida y presentada ante el Señor, y quemado por completo (vv. 15-19). El otro recibía sobre sí simbólicamente el peso de los pecados del pueblo y era luego enviado a vagar por el desierto, llevando “sobre sí todas sus iniquidades [las del pueblo] a una tierra solitaria” (v. 22). Todo este simbolismo de la expiación comunica ideas concretas de la condición humana ante Dios, y la necesidad de remediación:

  • El pecado es algo seguro, no fortuito; por esto, además de los sacrificios y ofrendas por el pecado que a diario eran ofrecidas por los hombres y mujeres de Israel, se designó un día en el que, cada año, se trataría la expiación de los pecados de todo el pueblo.
  • El pueblo no podía ofrecer por su propia expiación, necesitaba al Sumo Sacerdote para que intercediera por ellos.
  • El Sumo Sacerdote debía ofrecer sacrificios por su propia expiación, mostrando así la incapacidad de una vida perfectamente santa y recta en ningún hombre, y que por ello estaba limitado en ser instrumento adecuado para la intercesión por los pecados de los demás.
  • Los animales ofrecidos mostraban la obra completa de expiación, como sustitutos del pueblo, ofreciendo sus vidas ante el castigo de las llamas del juicio en holocausto (el novillo ofrecido por los sacerdotes y uno de los machos cabríos), o siendo expulsados al desierto (el otro macho cabrío) como símbolo del compromiso de Dios en no traer de nuevo a juicio los pecados ya perdonados, y del pueblo de mantenerse lejos de los pecados que le habían sido ya perdonados.

Ahora: ¿es la sangre, el sacrificio de animales, suficiente para quitar definitivamente el pecado? La respuesta a esta pregunta es vital para entender el concepto de expiación. Si la respuesta es afirmativa, entonces la muerte de Cristo no fue vicaria ni redentora, pues los hombres por medio de las buenas obras podían agenciarse el camino y acceso a la salvación. En tal sentido, la muerte de Cristo como mucho serviría para llamar la atención a los hombres y nada más. Pero la Escritura tiene respuesta para esta pregunta; en la carta de Pablo a los Hebreos se nos dice:

“… lo cual es un símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto en su conciencia al que practica ese culto, puesto que tienen que ver sólo con comidas y bebidas, y diversas abluciones y ordenanzas para el cuerpo, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas” (Hebreos 9.9-10, LBLA)
“Pero en esos sacrificios hay un recordatorio de pecados año tras año. Porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados (Hebreos 10.3-4, LBLA)

El sistema de los sacrificios servía como recordatorio de la incapacidad de Israel para, incluso siguiendo las normas y las actividades religiosas que Dios les había concedido, satisfacer los requisitos de santidad y justicia de Dios, y así como Israel tampoco nosotros; los beneficios de tales sacrificios eran temporales y sólo purificaban la carne (Hebreos 9.13). Sin embargo, es la perfección de la vida y obra redentora de Cristo la que puede satisfacer al Padre por completo, pues es Cristo a la vez el Sumo Sacerdote perfecto (según lo requiere Levítico 21) y la ofrenda perfecta (según lo requiere Levítico 22):

“Porque convenía que tuviéramos tal sumo sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo. Porque la ley designa como sumos sacerdotes a hombres débiles, pero la palabra del juramento, que vino después de la ley, designa al Hijo, hecho perfecto para siempre.” (Hebreos 7.26-28 LBLA)
“Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la becerra rociada sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará vuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo? (Hebreos 9.13-14, LBLA)

La obra de expiación realizada por Cristo es completa, y por lo mismo satisface completamente la justicia y la santidad del Padre Celestial. En esto consiste el concepto de Expiación en el Antiguo Testamento, y así encuentra aplicación en la perfecta obra de Cristo en el Nuevo Testamento.

Que nuestros corazones sean siempre agradecidos por el amor de nuestro Dios manifestado en Cristo; que nuestras vidas aprecien siempre el Santo Sacrificio que obtuvo para nosotros lo que no merecíamos tener y lo que no podíamos alcanzar. Que nuestras mentes, bocas y acciones den siempre gloria a Cristo, el Perfecto Rey y Sumo Sacerdote, el Señor de la gloria.

Dios les bendice.

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