T U L I P – Expiación Limitada (2)

Ver artículos anteriores: “Tulip: Doctrinas de la Gracia (Introducción)” – “Depravación Total (1)” – “Depravación Total (2)” – “Elección Incondicional (1)” “Elección Incondicional (2)” – “Elección Incondicional (3)” – “Elección Incondicional (4)” – “Expiación Limitada (1)”

T U L I P : Doctrinas de la GraciaExpiación Limitada (2)

Continuamos con nuestra serie sobre las Doctrinas de la Gracia, y al iniciar este año 2021 continuamos con nuestro estudio sobre la Expiación Limitada.

En nuestra primera entrega definimos expiación como el acto mediante el cual hay un sustituto a quien se le imputa el pecado de alguien más y que, como consecuencia, recibe un justo pero inmerecido castigo; el castigo es justo porque es conforme a los requerimientos del Santo Juez, pero es inmerecido porque quien recibe el castigo lo hace en lugar de alguien más, no por una falta que él mismo cometiera. También tuvimos la oportunidad de comparar los sacrificios de expiación del Antiguo Testamento con la obra de Cristo según la plantea el libro de Hebreos, pudiendo así reconocer a Cristo nuestro Señor y Salvador como quien efectúa con su vida perfecta, su muerte vicaria y su resurrección poderosa, la perfecta expiación de los pecados. Ahora nos toca responder a la pregunta: ¿la expiación obtenida por Cristo es para todos?

Cuando hablamos de Expiación Limitada no nos referimos a la capacidad del sacrificio para satisfacer por completo los requisitos del Padre para todos los habitantes de la Tierra en cualquier época. Siendo que el sacrificio es el de Cristo, el Unigénito de Dios, estamos seguros que es de tal calidad que si fuera el propósito del Padre todos los pecadores serían salvos. Este concepto, que no es más que “Universalismo” (la idea de que todos los habitantes al final serán salvos), y es evidentemente incorrecto pues no todos se han salvado, y así lo plantea la Escritura:

“Cuando estaba con ellos, los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste; y los guardé y ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliera” (Juan 17.12 LBLA)

En el pasaje arriba citado forma parte de una extensa oración que nuestro Señor Jesucristo eleva a favor de sus discípulos, aquellos a quienes el Padre le dio. Jesús puede afirmar de manera categórica, como sólo alguien que tiene toda autoridad y control sobre el asunto puede hacer, que de los que les fueron dados por el Padre “ninguno se perdió”. ¡Ninguno! Esto no puede ser diferente, por las personas involucradas, el Padre y el Hijo:

“Era invierno, y Jesús andaba por el templo, en el pórtico de Salomón. Entonces los judíos le rodearon, y le decían: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente. Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en el nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen; y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno” (Juan 6.23-30 LBLA)

Esta es la verdad: la obra de Jesús es testificada y predicada a todos, pero sólo las ovejas de Cristo pueden no sólo oír pero también reaccionar positivamente ante el llamado de su Señor, y son estas las que se benefician de la vida eterna (que es lo mismo que decir los que “jamás perecerán”, o “nadie las arrebatará” de las manos del Señor) y la razón es pura y simplemente que el Padre (el diseñador de este plan) es quien las entrega al Hijo (el ejecutor del plan), y el Padre y el Hijo, como uno que son, son mayores que todo.

Pero volvamos a la noche en que nuestro Señor Jesucristo oraba por sus ovejas. No solo afirma allí que ninguno se perdió, pero también explica lo ocurrido con Judas Iscariote: a la primera podemos ver que siendo que definitivamente se perdió entonces no era una de las ovejas que el Padre dio al Hijo. Pero vemos además que es identificado como “hijo de perdición”, dando a entender que su perdición era una realidad desde el momento mismo en que fue concebido. Una afirmación tan fuerte se hace no sólo de Judas Iscariote:

“Que nadie os engañe en ninguna manera, porque no vendrá sin que primero venga la apostasía y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se exalta sobre todo lo que se llama dios o es objeto de culto, de manera que se sienta en el templo de Dios, presentándose como si fuera Dios” (2 Tesalonicenses 2.3-4 LBLA)

“Pues algunos hombres se han infiltrado encubiertamente, los cuales desde mucho antes estaban marcados para esta condenación, impíos que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje, y niegan a nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo” (Judas 4 LBLA)

Es por esto que la confesión de fe de Westminster (sección 3.7) afirma:

«Al resto de la humanidad por su pecado, agradó a Dios pasarla por alto y destinarla a deshonra e ira, según el inescrutable consejo de su propia voluntad, por el cual extiende o retiene misericordia como a Él le place para la gloria de su poder soberano sobre las criaturas, para la alabanza de su gloriosa justicia»

Si, entonces, no todos se salvan, y si, como vemos, algunos son destinados a condenación, entonces es imposible afirmar que el sacrificio de Cristo posibilita la salvación de todos los seres humanos. ¿Por quiénes entonces murió Cristo? Veamos lo que dice el mismo Señor Jesucristo:

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree, tenga en Él vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. El que cree en Él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (Juan 3.14-18 LBLA)

Jesús murió, sacrificó y expió los pecados, condena y culpa de los que creen, y ya sabemos que los que creen son los que el Padre ha dado al Hijo, los que entonces oyen la voz del Hijo y le siguen, los que reciben vida eterna. En nuestra próxima entrega concluiremos dando más detalles sobre este asunto, pero podemos afirmar con Juan Calvino lo siguiente:

“Decimos, entonces, que la Escritura prueba claramente esto, que Dios, por su consejo eterno e inmutable, determinó de una vez por todas a quienes un día tuvo el agrado de admitir a la salvación, y a quienes, por otro lado, fue su placer condenar a la destrucción. Sostenemos que este consejo, en lo que respecta a los elegidos, se basa en su libre misericordia, sin ninguna consideración al valor humano, mientras que aquellos a quienes condena a la destrucción son excluidos del acceso a la vida por una justicia justa e intachable” (Institutos de Religión Cristiana, Libro 3, Capítulo 21, Sección 7)

Dios les bendice.

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