De la “Madrelatría” al Filicidio

“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.” (Isaías‬ ‭49‬:‭15‬ ‭RVR1960‬‬)

En un contexto en el que Jehová reclama a Israel haber renunciado a su papel como siervo suyo para exponer y ser la luz de Dios entre las naciones paganas y gentiles, y en el que además explica la razón de la disciplina divina de Dios para con su pueblo, Isaías es inspirado por el Espíritu Santo a usar la figura de la concepción como una muestra de propósito y plan eterno, además de como una muestra de relación exclusiva:

“Oídme, costas, y escuchad, pueblos lejanos. Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria… y me dijo: Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré… Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios mío será mi fuerza)…” (Isaías‬ ‭49‬:‭1‬, ‭3‬, ‭5‬ ‭RVR1960‬‬)

De esta manera Jehová nos permite hacer una alta valoración de la maternidad, pues la madre resulta ser la formadora de vida, pero también la gestora de carácter y por lo tanto de talentos, de vocación. La humanidad hace bien en escoger un día entre todos los días del año para celebrar a las que han sido bendecidas con la dicha de ser madres.

En el mundo occidental, dominado por el catolicismo romano por espacio de casi mil quinientos años ya (primero, por la derivación de una religión verdadera y pura a una inmoral imposición gubernamental, para luego convertirse en un imperio ella misma, y finalmente languidecer a causa de sus excesos e inmoralidades siendo la Reforma el único punto de luz que surge de ella), y partiendo de la figura de María, la mujer como madre gozó de un papel protagónico y un rol de honor verdadero al reconocer la grandeza de la maternidad, pues ser madre por definición implica sacrificios: cambios hormonales y corporales, compartir el ser y el existir con otro ser que empieza su existir dentro de ella, unido el doloroso proceso de preñez y el parto, la dedicación en alimentar, cuidar y velar por el bienestar de esa criatura hermosa que de ella ha venido, y abandonarse ella misma para priorizar a su familia. El vs. 15 de Isaías 49 lo explica al comparar el amor y el cuidado de una madre con el de Dios mismo: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?”. Sin embargo, teniendo corazones que crean ídolos de todo, incluso de lo intrínsecamente bueno, de la correcta honra a la madre, pasamos a la “madrelatría”: junto con María, las madres empezaron a ser adoradas a la manera de Dios mismo, pues es innegable que su abnegación en la crianza se compara a la de Dios al cuidar de sus hijos. Muchos no lograron hacer la correcta separación: Dios es el creador que por gracia provee a algunas mujeres la bendición de ser madres, y es quien ha formado en ellas el instinto y el amor sacrificial, y es Él único que debe ser adorado.

La pregunta de Isaías muestra una afirmación superlativa, la cual hemos ya señalado: el amor de un madre es comparable al de Dios, pero la respuesta nos muestra que esto no es un absoluto: “Aunque [ella] se olvide…”.

De la “Madrelatría” la sociedad se movió al filicidio. La mujer ya no se reconoce como madre, y no ve su vientre como el portador de una bendición, más bien como la causa de un gran mal: el abandono de sus sueños y anhelos para tener que gastar sus mejores años nutriendo y cuidando a otro. La mujer que ya no quiere ser madre ve su cuerpo como algo que embellecer y cuidar, incluso si eso significa asesinar a quien se aloje en su vientre al concebir. Hoy muchas mujeres no solo no quieren ser madres, pero incluso si llegan a concebir optan por aniquilar a sus pequeños. Hay madres que se olvidan del fruto de su vientre. 

Hay otras que usan a sus hijos como moneda de cambio, como inversión y como objetos de su feudo personal, y son abusivas, incluso de sus bebés de poco tiempo de nacidos. Estas se distancian del amor de Dios al ser crueles y despiadadas, llegando a ser filicidas en la práctica o en la intención y deseos.

Por esto muchos no celebran este día: no contaron con la dicha de tener madres ejemplo de virtud y entrega, cuyo amor se asemeja al de Dios por los suyos. Madres que se olvidan de ser madres.

Hay una última verdad, la más importante, que comunica Isaías en este verso 15: “Yo nunca me olvidaré de ti.” Dios nos ama. Su amor es superior al de las madres porque incluso el amor de ellas es imperfecto, a veces incapaz y otras inexistente. Dios no se ha cansado de ti, no se ha rendido contigo. Hoy, mientras honramos a nuestras madres, el Señor me mueve a pensar en ti y a escribirte a ti, que has sufrido más de la mano de tu madre que la de cualquiera otra: ella no fue, no es, no será capaz de amarte perfectamente, pero Dios te ama. Dios te ama. Hoy, Dios te ama. Mañana, Dios te amará también.

Perdona y descansa, porque hoy cuentas con un amor que es mayor al amor de todas las madres.

Dios te bendice.

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