“De ninguna manera nos dejará sin castigo”

Fidelidad a Jehová / Arrepentimiento; Compromiso; Fidelidad / Jeremías 30.10–11 

La justicia del Señor hacia nosotros sus infieles hijos 

1. Introducción  

¿Qué hemos aprendido acerca de nuestro compromiso a ser fieles? 

, pues, siervo mío Jacob, no temas, dice Jehová, ni te atemorices, Israel; porque he aquí que yo soy el que te salvo de lejos a ti y a tu descendencia de la tierra de cautividad; y Jacob volverá, descansará y vivirá tranquilo, y no habrá quien le espante. Porque yo estoy contigo para salvarte, dice Jehová, y destruiré a todas las naciones entre las cuales te esparcí; pero a ti no te destruiré, sino que te castigaré con justicia; de ninguna manera te dejaré sin castigo.” (Jeremías 30.10–11, RVR60)   

Durante todo el año, como pastores y líderes de esta Congregación, hemos entendido la necesidad de enfatizar nuestro compromiso como cristianos a ser fieles a nuestro buen Dios. 

Hemos recorrido pasajes selectos del Antiguo Testamento cada domingo de este año con la única intención de ser todos convencidos que nuestras voluntades, como nuestro ser completo, deben ahora estar rendidas por entero a la Perfecta Voluntad de nuestro buen Señor. Permítanme antes de avanzar en el pasaje que nos ocupa el día de hoy resumir brevemente lo que hemos aprendido en relación a este asunto. 

Los primeros tres capítulos de nuestras Biblias nos enseñaron la autoridad de Dios sobre todo ser, y a la vez el origen de nuestra resistencia como humanos a cumplir con la razón de nuestra existencia: 

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” (Génesis 1.1, RVR60)  

El sólo hecho de que todo lo creado, nosotros incluidos, proviniese de la mente y propósito del Señor es suficiente para que entendamos que este no es nuestro mundo, es el suyo, que no estamos aquí para cumplir nuestros caprichos pero más bien para ser parte de la sinfonía celestial que canta “ ¡Gloria, Aleluya!” a la grandeza y majestad del Todopoderoso Creador.  

Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” (Génesis 1.28, RVR60)   

Fuimos hechos dignos colaboradores, siervos del Señor, mayordomos a cargo de toda la creación, y todo esto con el más estricto sentido de obediencia y dependencia al Soberano Dios: 

Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” (Génesis 2.15–17, RVR60)   

Hasta ese momento, cada posible necesidad nuestra estaba satisfecha: familia, hogar y sustento, junto a una relación especial, íntima y singular con Dios, eran el día a día de Adán y su mujer. A penas dos cosas les eran ajenas: en cuanto a lo material, comer del “fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal”, y como resultado, en cuanto a lo espiritual, el conocimiento del mal, incluido el peor de todos los males, la muerte.  

Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.” (Génesis 2.25, RVR60)   

Sin embargo, como sabemos ya, a esto apeló Satanás para convencerles de pecar, de ser infieles al compromiso que antes habían tomado para con Dios, y del cual se beneficiaban tanto. 

Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales.” (Génesis 3.6–7, LBLA)   

Desde entonces, todo fue de mal en peor con la humanidad; cada día los humanos morimos un poco más en cada forma posible: en nuestra relación con Dios, con nuestros iguales y aún con el resto de la creación misma. 

Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató. Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.” (Génesis 4.8–10, RVR60)   

Y como si todo esto fuera poco, la humanidad conoció el carácter justo de Dios que trae consigo el castigo a toda desobediencia (Génesis 3.14-24, 4.11-12, etc.) 

Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho.” (Génesis 6.5–7, RVR60)   

Sin duda la destrucción total, un “back to the drawing board” (como dicen los norteamericanos), o un “vuelta a cero” habría sido lo justo y adecuado de parte del Soberano Creador si así lo hubiera decidido. Pero nuestro Señor es poseedor del único carácter perfectamente completo, equilibrado e íntegro, y junto con su justicia viene la misericordia que da espacio a su gracia (Santiago 2.13), y con ello a la esperanza para la humanidad. 

Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.” (Génesis 6.8, RVR60)  “Pero Noé contaba con el favor del Señor.” (Génesis 6.8, NVI)  

Como parte de su excelente Plan de Redención, Dios se hizo de un hombre (Abraham), de cuya familia habría de adquirir para sí mismo un pueblo, proveyendo de esta manera esperanza de salvación para toda la humanidad. 

Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.” (Génesis 12.1–3, RVR60)   

La ley fue provista entonces para normar esta relación, pues como bien sabemos a partir de la caída en Edén los pensamientos y acciones del ser humano siempre han sido hacia la muerte, física y espiritual. El hombre no es capaz de buscar de Dios y mucho menos de comportarse adecuadamente. La gracia revelada por el Señor consiste precisamente en esto: Dios hace y ejecuta el Plan de Redención, por medio del cual hombres y mujeres pecadores, muertos espirituales, eternamente separados del Dios Puro y Santo, son atraídos de nuevo a la comunión con Él y son instruidos por Él en cuanto a cómo y qué hacer para mantener esta comunión, pero como si esto fuera poco, el plan incluye beneficios permanentes para aquellos que soberanamente eligió para disfrutar de Su maravillosa gracia. 

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.” (Éxodo 19.5–6, RVR60)   

Sin embargo, ningún hombre es capaz de cumplir los preceptos divinos. Hace unos pocos días alguien me preguntaba en la oficina: “¿Por qué Dios permite cierta clase de males? Mujeres que quieren concebir no pueden, y mujeres que habrán de abortar no tienen problemas para embarazarse?”. ¿Dios tiene poder para evitar el mal, para erradicarlo por completo? ¡Claro que sí! No sólo tiene poder para hacerlo, pero también habrá de hacerlo. No es incapacidad suya la que permite todo este mal, es más bien su gracia a favor nuestro. Nuestros mejores hombres, incluso los que Él eligió (Abraham, Moisés, David), son incapaces de satisfacer Su ley, haciéndonos todos merecedores del castigo que la ley prevé, y es sólo Su gracia la que puede sostener nuestras vidas. Los libros históricos del Antiguo Testamento concluyen con esa nota de frustración y fracaso, la infidelidad del pueblo escogido les hace merecedores del justo castigo, perdiendo los privilegios de vivir en la “tierra que fluye leche y miel”, del templo y la adoración debida a su Señor. 

¡El castigo de Dios a la infidelidad no ha perimido! Su Santidad, como reflejo de su carácter, sigue siendo y será la misma ayer, hoy y por los siglos, y nadie puede pretender ofenderla sin esperar consecuencias. 

Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10.26–31, RVR60)   

A la infidelidad de sus hijos, Dios responde permaneciendo fiel a sí mismo (2 Timoteo 2.13); así como prometió bendiciones abundantes a su pueblo como recompensa a la obediencia (Levítico 26.1-13), igualmente aseguró castigó y maldiciones como respuesta a la desobediencia, siendo la última de todas, el pináculo del castigo, el exilio mismo, la cautividad: 

Destruiré vuestros lugares altos, y derribaré vuestras imágenes, y pondré vuestros cuerpos muertos sobre los cuerpos muertos de vuestros ídolos, y mi alma os abominará. Haré desiertas vuestras ciudades, y asolaré vuestros santuarios, y no oleré la fragancia de vuestro suave perfume. Asolaré también la tierra, y se pasmarán por ello vuestros enemigos que en ella moren; y a vosotros os esparciré entre las naciones, y desenvainaré espada en pos de vosotros; y vuestra tierra estará asolada, y desiertas vuestras ciudades.” (Levítico 26.30–33, RVR60)  

Los profetas del Señor jugaron un papel importante en denunciar el pecado del pueblo, en llamarles al arrepentimiento aunque con poco éxito: la maldad proliferaba en el pueblo de Dios, al punto que fueron comparados con Sodoma y Gomorra (Isaías 1.9-10, Jeremías 23.14, Ezequiel 16.48-58, Sofonías 2.9, etc.), como desposadas adúlteras (Jeremías 3.6, Ezequiel 16.32 ), e incluso como “asna en celo” (Jeremías 2.24). De estos, probablemente Jeremías es el más emblemático, pues no sólo profetizó por cerca de 40 años, pero también su ministerio se extendió hasta el tiempo mismo de la definitiva cautividad babilónica, siendo testigo de primera mano del cumplimiento de la calamidad, habiendo plasmado los horrores de la derrota, destrucción y cautividad en el libro que conocemos como Lamentaciones (según la tradición, Jeremías observó la destrucción desde los montes alrededor de Jerusalén y así fue inspirado a describir en dicho libro lo que veía y las emociones que esto le causaba). Jeremías sufrió múltiples persecuciones de parte de los líderes socio-políticos y espirituales de Israel debido a su predicación de juicio y castigo contra el pueblo escogido; al final fue vindicado por su Señor por ser fiel. 

El ministerio del profeta inició durante el reinado de Josías. “El reinado de Josías fue el último rayo de luz antes de que la oscuridad de la idolatría y las intrigas extranjeras se asentaran sobre el trono davídico” (The Bible Knowledge Commentary – Major Prophets); el daño causado por años de liderazgo mal intencionado, por siglos de abandono a las leyes divinas, de infidelidad manifestada mayormente en idolatría, fue en cierta manera irreversible. Justo antes del reinado de Josías, Manasés gobernó Judá por 55 años, y unos pocos versos tomados de las crónicas de su reinado deberían sernos suficientes para ilustrarnos la condición espiritual de la nación escogida: 

De doce años era Manasés cuando comenzó a reinar, y cincuenta y cinco años reinó en Jerusalén. Pero hizo lo malo ante los ojos de Jehová, conforme a las abominaciones de las naciones que Jehová había echado de delante de los hijos de Israel. Porque él reedificó los lugares altos que Ezequías su padre había derribado, y levantó altares a los baales, e hizo imágenes de Asera, y adoró a todo el ejército de los cielos, y les rindió culto. Edificó también altares en la casa de Jehová, de la cual había dicho Jehová: En Jerusalén estará mi nombre perpetuamente. Edificó asimismo altares a todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa de Jehová. Y pasó sus hijos por fuego en el valle del hijo de Hinom; y observaba los tiempos, miraba en agüeros, era dado a adivinaciones, y consultaba a adivinos y encantadores; se excedió en hacer lo malo ante los ojos de Jehová, hasta encender su ira. Además de esto puso una imagen fundida que hizo, en la casa de Dios, de la cual había dicho Dios a David y a Salomón su hijo: En esta casa y en Jerusalén, la cual yo elegí sobre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre; y nunca más quitaré el pie de Israel de la tierra que yo entregué a vuestros padres, a condición de que guarden y hagan todas las cosas que yo les he mandado, toda la ley, los estatutos y los preceptos, por medio de Moisés. Manasés, pues, hizo extraviarse a Judá y a los moradores de Jerusalén, para hacer más mal que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel. Y habló Jehová a Manasés y a su pueblo, mas ellos no escucharon; por lo cual Jehová trajo contra ellos los generales del ejército del rey de los asirios, los cuales aprisionaron con grillos a Manasés, y atado con cadenas lo llevaron a Babilonia.” (2º Crónicas 33.1–11, RVR60)   

Imagina tú cuál sería tu estado mental al ser alcanzado por el castigo que mereces a causa de tu infidelidad al Señor; el dolor, la tristeza y desesperanza se apoderan de ti, tal como lo describiera David en su propio momento de pecado: “mientas callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día” (Salmo 32.3). ¿Destruirá Dios por completo a quien antes eligió? ¿Es su ira como la nuestra, explosiva, aniquiladora, que arrasa primero para lamentar después? 

2. Desarrollo:  

El castigo de Dios hacia sus hijos infieles 

El libro de Jeremías es un libro interesante, transpira la autoridad de Jehová sobre su creación en general: luego de una espectacular introducción al libro y al ministerio mismo del profeta, se organiza el libro para resaltar primero las profecías sobre el pueblo de Dios (capítulos 2 – 45) y luego las profecías sobre las naciones de alrededor (capítulos 46 – 51) y el clímax con el anuncio de la cautividad en el último capítulo (52). Otra manera de ver el libro y su distribución sería primero el mensaje al pueblo de Judá (2 – 33), el ministerio durante el asedio y la caída de Jerusalén (34 – 39) y el ministerio después de la caída y durante el inicio del exilio (40 – 45). La sección que precede a nuestro texto se enmarca dentro de los mensajes a los líderes espirituales de Israel (el rey y su corte, los sacerdotes, los falsos profetas, etc.), enfocando la veracidad del juicio y el castigo para el pueblo infiel, cosa puesta en duda una y otra vez por los mencionados líderes: 

“… así ha dicho Jehová de los ejércitos: He aquí envío yo contra ellos espada, hambre y pestilencia, y los pondré como los higos malos, que de tan malos no se pueden comer. Los perseguiré con espada, con hambre y con pestilencia, y los daré por escarnio a todos los reinos de la tierra, por maldición y por espanto, y por burla y por afrenta para todas las naciones entre las cuales los he arrojado; por cuanto no oyeron mis palabras, dice Jehová, que les envié por mis siervos los profetas, desde temprano y sin cesar; y no habéis escuchado, dice Jehová.” (Jeremías 29.17–19, RVR60)   

Pero como antes dije, la justicia de Dios viene junto a su gran misericordia y da espacio a su gracia para con sus hijos, sus elegidos. Aún en el castigo, tal como vistió a Adán y a Eva, da a su pueblo instrucciones para que la cautividad fuese lo menos dolorosa posible, y anuncia el tiempo para cuando una amorosa restauración habría de ocurrir: 

Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz. Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros, ni vuestros adivinos; ni atendáis a los sueños que soñáis. Porque falsamente os profetizan ellos en mi nombre; no los envié, ha dicho Jehová. Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar.” (Jeremías 29.4–14, RVR60)   

En medio del castigo, Dios tiene misericordia. ¡Quién lo creería! El castigo es intenso y doloroso, pero resulta ser pasajero, y la gran bendición que acompaña a la restauración hace palidecer y convierte todo el previo dolor en un mal recuerdo. Los vv. 1-9 del capítulo 31 nos lo muestran de la siguiente manera: 

• Dios hará volver a su tierra a los cautivos (la tierra que fluye leche y miel), y la disfrutarán (vv. 1-3) 

• Dios les hará volver después de atravesar un período de mucho dolor y sufrimiento (vv. 4-7) 

• Dios les hará volver de forma majestuosa, a una gloria mayor que la de antes, una en la que no habría más razones de castigo ni enemigos que los oprimieran (vv. 8-9) 

La razón para todo lo anterior no es otra más que el perfecto carácter del Señor, quien concluye este pasaje diciendo: “servirán a Jehová su Dios y a David su rey, a quien yo les levantaré”, una muestra de su misericordia y gracia que trae esperanza a sus hijos incluso en momentos de dolor y castigo. 

Aprendemos entonces que, en medio del dolor, la misericordia y la gracia nos preservan, haciendo que durante el proceso el Señor: 

a. Nos considere todavía sus siervos, sus mayordomos – “Tú, pues, siervo mío, Jacob…” 

b. Nos conforte con palabras de aliento, quitándonos el temor – “No temas, ni te atemorices” 

c. Nos manifieste su perfecto carácter – “Yo soy el que te salvo de lejos a ti y a tu descendencia de la tierra de cautividad” 

d. Nos restaure a una posición incluso mejor que la anterior – “… volverá, descansará y vivirá tranquilo, y no habrá quien le espante” 

e. Nos reitere su salvífica compañía – “Yo estoy contigo para salvarte” 

f. Nos libre de los enemigos por medio de quienes el castigo es aplicado – “… destruiré todas las naciones en las cuales te esparcí” 

g. Nos promete castigarnos con justicia, pero no destruirnos – “… pero a ti no te destruiré, sino que te castigaré con justicia; de ninguna manera te dejaré sin castigo” 

¡Oh, que maravillosa es la gracia de nuestro Señor! La justicia del Señor que nos castiga (a veces manera dolorosa y contundente) nos preserva para gloria suya y eterno beneficio nuestro. 

Es posible para nosotros separarnos del camino y ser infieles a nuestro buen Dios, pero igualmente es posible para nosotros regresar al rumbo, aunque muchas veces lo que necesitamos para regresar es el dolor del castigo recibido. Sin embargo, regresar es lo que nos muestra ser verdaderos siervos del Señor. El orgullo que llevó a Lamec a vengarse, a Caín a negar su crimen y considerar injusto su castigo, a Saúl a preferir la gloria de los hombres antes que dar gloria al Señor, hace que muchos se alejen de Dios, se pongan “a salvo”, preservando las apariencias, antes que aceptar la consecuencia de su desvío. No en todos es automática la aceptación de culpa y castigo, de hecho David debió ser descubierto por Dios meses después de su pecado y crimen para que este se arrepintiera y padeciera el dolor de ver a su hijo morir, pero lo que sí es sabido es que un verdadero “siervo de Jehová” se humilla al ser expuesta su infidelidad, en lugar de justificar y procurar vías de escape. 

Es necesario ser humildes y no desesperarnos, sin importar que tan difícil sea el castigo. El Señor nos ha salvado al dar a su Hijo en la cruz, entonces ¿Por qué habría de destruirnos? El hecho de que nos acompañe en medio del dolor es muestra de que su salvación es nuestra y nos acompaña siempre. El dolor es mucho, pero en la restauración el descanso y la paz durará para siempre. 

Seremos castigados por nuestra infidelidad, pero igual seremos preservados, fortalecidos, siempre y cuando entendamos al Señor y nos aferremos a El incluso en el tiempo de castigo, volvernos a El es lo mejor. 

Un inesperado ejemplo de su gracia y misericordia es el perverso rey Manasés antes mencionado. Fue llevado a Babilonia siendo tirado con cadenas por la nariz, como buey camino a trillar, habiendo perdido su trono, su nación y su libertad al ser apresado en Babilonia. Pero allí la misericordia del Señor le alcanzó: 

Mas luego que fue puesto en angustias, oró a Jehová su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres. Y habiendo orado a él, fue atendido; pues Dios oyó su oración y lo restauró a Jerusalén, a su reino. Entonces reconoció Manasés que Jehová era Dios.” (2º Crónicas 33.12–13, RVR60)   

3. Conclusión 

Es probable que entre nosotros hoy algunos estemos atravesando tiempos duros, que estemos padeciendo castigo de Dios a causa de nuestros pecados e infidelidad. La vergüenza, el intenso dolor, la frustración, pudieran llevarnos lejos de Dios cuando en realidad lo que necesitamos es acercarnos a Él, confesar y apelar a su misericordia, tal como lo hizo David, o como lo hizo Manasés. La gran bendición que nos espera cuando confesemos, cuando termine el dolor, es incomparable con la rica herencia que esperamos recibir. Hoy nos toca volver a ser siervos del Señor, confesar ante  Él nuestras culpas y confiar, porque aunque duela y duela mucho, Él no nos destruirá, nos volverá a sí mismo y hará de nuestra vida lo mejor para gloria suya, y eterno beneficio nuestro. 

Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.” (Jeremías 29.10–13, RVR60)   

La Séptima Bienaventuranza

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

Mateo 5:9 RVR1960

Charles Spurgeon observa (en su introducción al sermón predicado el 8-Dic-1861) el aspecto místico del número 7 y su relación con esta Bienaventuranza, lo cual a mi modo de ver pudiera parecer exagerado. Sin embargo, su impresión sobre la ubicación de esta como siguiendo la de los “puros de corazón” vale la pena ser considerada:

“Debemos ser primero puros y luego pacíficos”

Martyn Lloyd Jones conecta las dos secciones de las Bienaventuranzas (lo que somos y lo que hacemos):

“En esta afirmación, ‘Bienaventurados los pacificadores,’ tenemos otro resultado y consecuencia del haber sido saciados por Dios…, podemos ver cómo corresponde al ‘bienaventurados los mansos.’… las Bienaventuranzas que preceden y siguen al versículo 6 corresponden entre sí — pobreza en espíritu y ser misericordioso están relacionados, llorar por el pecado y ser de corazón limpio también están en conexión, y, exactamente del mismo modo, la mansedumbre y el ser pacificador también corresponden; el vínculo que los une es siempre el esperar de Dios la plenitud que sólo Él puede dar.”

Aunque la Palabra de Dios registra la historia humana como iniciando y completándose en paz (Génesis 1-2, Apocalipsis 21-22), es evidente lo que quebranta la paz de la humanidad: el pecado (Caín, Lamec, Nimrod, etc.). El pecado quita la paz en cuanto a la relación con Dios e igualmente con el prójimo. John MacArthur lo ha dicho bien: “Cuando estamos en primer lugar, la paz está en el último [lugar]”.

Las palabras griega (eirene) y hebrea (shalom) para paz implican mucho más que la ausencia de conflicto; William Barclay ha dicho: “paz no es nunca un estado negativo; nunca quiere decir exclusivamente la ausencia de guerra, siempre quiere decir todo lo que contribuye al bienestar supremo del hombre… En la Biblia, paz quiere decir no solamente liberación de todos los problemas, sino disfrutar de todas las cosas buenas”. Este tipo de paz es buscada por todos, pero es imposible de obtener sin la asistencia de Cristo. Nuestro Dios es Dios de paz (Pablo así le llama al menos 7 veces en el Nuevo Testamento):

Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Tesalonicenses 5.23, RVR60)

Sin embargo, el mundo no se encuentra en paz:

¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz. ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?” (Santiago 3.13–4.5, RVR60)

Cristo es quien restaura nuestra relación para darnos paz con Dios y oportunidad paz con el prójimo:

Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Efesios 2.11–22, RVR60)

Haciendo de nosotros ahora pacificadores, no simplemente negociantes de treguas:

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2 Corintios 5.17–21, RVR60)

Este es un ministerio que no se ocupa de una paz temporal, pero más bien eterna, por lo que no puede ser comprometida la paz de Dios en Cristo por obtener una tregua, una tranquilidad momentánea. La paz de Dios debe ser nuestra prioridad:

No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.” (Mateo 10.34–39, RVR60)

Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos. Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que me gozo de vosotros; pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal. Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros.” (Romanos 16.17–20, RVR60)

John MacArthur cita: “En su libro Peace Child (Glendale, Calif.: Regal, 1979), Don Richardson narra su larga lucha para llevar el evangelio a la tribu sawi de caníbales y cazadores de cabezas de Irian Jaya, Indonesia. Por mucho que trató, no pudo hallar una manera de hacer que la gente entendiera el mensaje del evangelio, especialmente el significado de la muerte expiatoria de Cristo en la cruz. Los pueblos sawi estaban constantemente peleando entre sí, y debido a que se tenía en alta estima a la traición, la venganza y el asesinato, allí parecía no haber esperanza de paz. Sin embargo, la tribu tenía una costumbre legendaria de que si un pueblo entregaba un bebé varón a otro pueblo prevalecería la paz entre los dos pueblos mientras el niño viviera. Al bebé se le llamaba un “hijo de paz”. El misionero aprovechó esa historia como una analogía de la obra reconciliadora de Cristo. Les contó que Cristo es el divino Hijo de Paz de Dios que Él ha ofrecido al hombre, y que debido a que Cristo vive eternamente, su paz nunca terminará. Esa analogía fue la clave que abrió el evangelio para los sawi. En una obra maravillosa del Espíritu Santo muchos de ellos creyeron en Cristo y pronto se desarrolló una iglesia fuerte y evangelística, y la paz llegó a los sawi.”

John MacArthur ha dicho: “A menos que una persona reconozca su enemistad con Dios, no tiene sentido ofrecerle paz con Dios”. Sólo entonces el pacificador puede poner a un lado su orgullo y egoísmo y asumir la causa de Su Soberano Señor, el Príncipe de Paz, Cristo Jesús (Isaías 9.6). En ese momento, todo afán por victorias temporales acaba, todo mal se hace pequeño en comparación con la victoria que Cristo ha conseguido para nosotros; sólo entonces logramos tener paz para con todos.

“Así, el pacificador es un ciudadano, y aunque es cristiano, recuerda que el cristianismo no requiere que renuncie a su ciudadanía, sino que la use y mejore para la gloria de Cristo. El pacificador, entonces, como ciudadano, ama la paz. Si él vive en esta tierra, sabe que vive entre un pueblo que es muy sensible a su honor y que es provocado rápida y fácilmente, un pueblo que es tan pugilista en su carácter que la sola mención de la guerra agita su sangre, y sienten como si fueran a hacerlo de inmediato con toda su fuerza…  Por lo tanto, aunque él, como otros hombres, siente la sangre caliente… la reprime y se dice a sí mismo: “No debo afanarme, porque el siervo de Dios debe ser amable con todos los hombres, apto para enseñar, paciente “. Así que pone su espalda contra la corriente, y cuando escucha en todas partes el ruido de la guerra, y ve a muchos que están ansiosos por ello, hace todo lo posible para [refrescarse], y dice: “Se paciente, déjalo así, incluso si la causa es un mal, pues la guerra es peor que cualquier otro mal. Nunca hubo una mala paz todavía, y nunca una buena guerra “, dice, ” y cualquier pérdida que podamos sufrir por estar demasiado quietos, sin duda perderemos cien veces más por ser demasiado feroces”.” Charles Haddon Spurgeon

Dios nos bendice.

Vladimir.

PD: Breve reseña del sermón predicado el 17 de Noviembre del 2019, en la Congregación Bíblica Cristiana Las Caobas

LA IGLESIA EN ESTOS TIEMPOS TURBULENTOS

Nuestro señor Jesucristo educó y advirtió a su Iglesia sobre los últimos tiempos; por ejemplo, en Mateo 24 Jesucristo presentó una serie de datos que apuntan al tiempo antes de su venida, y todas las profecías de este pasaje que se cumplieron en la historia, tienen un carácter de continuo cumplimiento y aplicación, en lo largo y ancho de los últimos tiempos. Por eso podemos observar como en esta época los tiempos de dolores se cumplen (v. 8), el auténtico cristianismo es atribulado, perseguido, aborrecido y traicionado (vv. 9-10), los falsos profetas dominan el escenario actual engañando (v. 11) y hay un aumento desproporcionado de la maldad y sus consecuencias (vv. 12-13), se ha levantado una abominación desoladora de sacrilegios contra lo santo (v. 15), está a la puerta la amenaza de una gran tribulación (vv. 21-22), y este mundo necrótico está en descomposición permanente (v. 28). Ante lo dicho, todo este escenario solo tiene una sola esperanza, que no es el Estado, los partidos políticos, la sociedad civil, la ciencia, la ONU, los poderes fácticos, el poder judicial, la economía, la filosofía, la religión y las sectas misterios; la única esperanza que puede cambiar el derrotero de este mundo es la Iglesia de Jesucristo con su Evangelio (v. 14).

La Iglesia tiene todo poder delegado por Jesucristo, para hacerles frente a todos los males y perversidades de este mundo; solo y únicamente la Iglesia es la llamada para predicar el evangelio de la Verdad, la Justicia y la Paz, solo la Iglesia tiene el poder eterno para hacerle frente a estos tiempos difíciles. La Iglesia en este mundo es baluarte de la Verdad, por lo cual, su evangelio no solo es noticia sino vida, no solo es púlpito sino también las calles, no solo es predicación también es discipulado, no solo es salvación sino también sanación, no solo es regeneración porque también es restauración, no solo salva el alma sino también el cuerpo, no solo transforma la vida sino también la casa, la familia, la sociedad y el Estado.

La iglesia no necesita el permiso humano para salir en defensa de los pobres con el evangelio de Jesucristo

Ps. Rolando Díaz

La Iglesia no tiene que pedir permiso, o esperar la desgracia para actuar a favor de los pecadores: la Iglesia tiene un mandato que está ligado intrínsecamente a la agenda del Reino de los Cielos que se está implantando en esta tierra. Ya la iglesia tiene una agenda opositora a todo lo malo, corrupto y perverso; por eso, la iglesia no necesita el permiso humano para salir en defensa de los pobres con el evangelio de Jesucristo. Y por otro lado, la Iglesia no necesita las plataformas de la política, las universidades, los medios y el Estado para llevar a cabo su misión evangelizadora; ya la Iglesia tiene como medio misionológico al poder del Espíritu Santo y las directrices de la Biblia, para dar buenas nuevas a los pobres, para sanar a los quebrantados de corazón, para pregonar libertad a los cautivos, para dar vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, y para predicar el año agradable del Señor. La Iglesia no puede seguir en silencio ante un mundo turbulento en vía de su eterna destrucción.

¡Despierta Iglesia!

Ps. Rolando Díaz, Comunidad Bíblica Cristiana de Allentown.

“Habrá luz”

“… sucederá que al caer la tarde habrá luz”

Zacarías 14:7 RVR1960

Charles Addon Spurgeon es reconocido como “El Príncipe de los Predicadores”; su trabajo pastoral, sus sermones y escritos han edificado a miles desde los días de su ministerio hasta hoy, casi 130 años después de su muerte.

Entre sus numerosos escritos, “Morning by Morning” (hoy publicado bajo el título Look Unto Me”) representó uno de sus mayores retos personales. En sus propias palabras:

Si no tienes tiempo para leer tanto [este] devocional matutino como al menos un capítulo de la Escritura, te ruego sinceramente que prescindas de este libro, porque me entristecería mucho saber que alguien lea menos la Palabra de Dios por mi culpa… De hecho, estaría decepcionado si, después de todo, frustro mi propio propósito al desviarte un momento de tiempo para leer mis comentarios que en lugar de haberse dado a la búsqueda de la Palabra de Dios.

Charles Spurgeon, en “Morning by Morning” (1865, traducción personal)


De sus devociones diarias les comparto la que corresponde al día de hoy, Octubre 4.

«OCTUBRE 4

Para muchos santos, la vejez es la época más preciosa

“Al tiempo de la tarde habrá luz” (Zacarías 14:7)

FRECUENTEMENTE miramos adelante presintiendo el tiempo de la vejez, olvidando que a la tarde habrá luz. Para muchos santos, la vejez es la época más preciosa de sus vidas. Un aire más balsámico acaricia la mejilla del marinero, mientras se acerca a las playas de la inmortalidad; menos olas agitan su mar; la quietud reina profunda, suave y solemnemente. Las llamaradas del fuego de la juventud desaparecen del altar de la vejez, pero permanece la llama más real del sentimiento fervoroso. Los peregrinos han llegado a la tierra de Beulah [Isaías 62:4], aquel feliz país, cuyos días son como los días del cielo sobre la tierra. Los ángeles la visitan, las brisas celestiales pasan por ella, en ella crecen las flores del paraíso y el aire está impregnado con música seráfica. Algunos quedan aquí por muchos años, otros quedan sólo horas, pero este es un Edén terrenal. Bien podemos ansiar el tiempo cuando descansaremos en sus umbrosas arboledas y nos satisfaremos con esperanza, hasta que venga el tiempo del refrigerio. El sol parece más grande cuando se pone que cuando está en el cenit, y un esplendor de gloria tiñe todas las nubes que circundan al sol en su ocaso. El dolor no rompe la calma del suave crepúsculo de la vejez, pues la potencia, que se ha hecho perfecta en la flaqueza, soporta el dolor con paciencia. Los frutos maduros de escogida experiencia se cosechan en la tarde de la vida como preciosa comida, y el alma se prepara para el descanso. El pueblo del Señor gozará de luz también en la hora de la muerte. La incredulidad llora diciendo: Las sombras caen, la noche viene, la existencia termina. ¡Ah, no!, grita la fe: La noche ha pasado y ha llegado el día. La luz viene, la luz de la inmortalidad, la luz del rostro del Padre. ¡Adiós!, amado; te vas; haces señas con tu mano. ¡Ah! Ahora estás en la luz. Las puertas de perla se han abierto, brillan las calles de oro. Adiós, hermano, tú tienes luz en la tarde que nosotros aún no tenemos.»

¡Dios nos bendice!

Día de la Biblia

27 de Septiembre, Día de la Biblia en República Dominicana

Con motivo del día de la Biblia (que se celebra hoy 27 de Septiembre en la República Dominicana) les comparto esta excelente descripción que por muchos años el ministerio Gedeones ha compartido en las Biblias que obsequian:

“La Biblia contiene la mente de Dios, el estado del hombre, el camino de la salvación, el destino de los pecadores y la felicidad de los creyentes.
Sus doctrinas son santas, sus preceptos son vinculantes, sus historias son verdaderas y sus decisiones son inmutables.
Léala para ser sabio, créela para estar seguro y practíquela para ser santo. Contiene luz para dirigirte, alimento para nutrirte y consuelo para animarte.
Es el mapa del viajero, el soporte del peregrino, la brújula del piloto, la espada del soldado y la carta del cristiano.
Aquí también, se abre el Cielo y se revelan las puertas del Infierno. Cristo es su gran tema, nuestro bien es su diseño y la gloria de Dios es su fin.
Debe llenar la memoria, gobernar el corazón y guiar los pies.
Léela lentamente, con frecuencia y en oración.
Es una mina de riqueza, un paraíso de gloria y un río de placer.
Se te da en la vida, se abrirá en el juicio y se recordará para siempre.
Involucra la más alta responsabilidad, recompensa el mayor trabajo y condenará a todos los que juegan con sus sagrados contenidos.”

¡Dios te bendice!

“Mis pies sobre Peña”

Estudios en el Salmo 40

“Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor.”

(Salmo 40.1 RVR1960)

Este salmo es parte de otros cuyo contenido al ser interpretado y/o aplicado en el Nuevo Testamento a Cristo Jesús se reconocen como Mesiánicos. El apóstol Pablo al citar de este Salmo interpreta las promesas mencionadas en los versos 6 al 8 como siendo cumplidas por Cristo Jesús durante su ministerio terrenal:

Por lo cual, entrando en el mundo dice:

“Sacrificio y ofrenda no quisiste;

Mas me preparaste cuerpo.

Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.

Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad,

Como en el rollo del libro está escrito de mí.

Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.” (Hebreos 10.5-10)

Como se puede ver entonces, al interpretar este Salmo no debiéramos sustraernos del contexto de la eficacia del Sacrificio Redentor de Cristo a favor nuestro, pero manteniendo la idea de lo que significó primeramente para David (su escritor humano) y para los que primero recibieron este salmo.

Dos grandes divisiones se observan en su estructura: la primera (desde los versos 1 hasta el 10) narran una hermosa adoración y acción de gracias de David por las cosas que por él ha hecho ya su Dios. La segunda contiene un clamor de liberación, del cual una parte es de nuevo recogida en el Salmo 70.

En el verso uno, David nos recuerda que el gran beneficio de haber esperado en Dios es la confianza de que Él escucha. Sin embargo, David nos muestra cuál es la espera que resulta en bendición: la espera paciente . El Salmo es enfático en la actitud de espera de David (y por tanto nuestra) y una traducción más literal sería “Esperando esperé a Jehová”.

Muchas veces nuestra espera es una manera de rebeldía. Nos encontramos detenidos de accionar por que estamos carentes de recursos para solucionar aquellas cosas que nos agobian, y al clamar a Dios no estamos pidiendo otra cosa más que los medios que nos devuelvan el control: dinero para volver a gastar en lo que queremos, salud para emprender lo que deseamos, paz en tiempos de conflictos para obtener nuestro propio descanso, etcétera. Es evidente que la actitud detrás de estas súplicas no es la de esperar pacientemente en Dios y su voluntad, pero más bien la de resignarnos hasta que recuperemos el control de nuestras vidas.

Cualquier resultado de esta “espera impaciente” no resulta en la gloria de Dios ni en nuestro beneficio eterno, y en breve nos encontraremos de nuevo faltos de algo más.

Nuestro Señor Jesucristo es el mejor ejemplo de “esperar pacientemente” en Jehová; la noche en que fue entregado, habiéndose retirado con sus discípulos al Monte Getsemaní a orar, clamaba con tal pasión que su sudor se asemejaba a “grandes gotas de sangre que caían sobre la tierra” (Lucas 22.44). En ese momento el Señor pedía: “Padre, si es posible, pasa de mi esta copa; pero que no sea como yo quiero, sino como Tú” (Mateo 26.39) y luego: ” Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (v. 42). La oración del Señor no era la impaciente petición de alguien que espera su propio beneficio, de alguien que quiere recuperar el control de su vida y decisiones. ¡Todos los recursos de la deidad estaban a Su disposición!. Sin embargo, invocaba por el favor de su Padre, esperando con paciencia para que la voluntad del Padre, y no la suya, fuese hecha.

La actitud en espera del Señor que consigue su atención es aquella que parte de la obediencia a Él y a su soberana voluntad: la “paciencia” en esta espera no ocurre al principio, de manera espontánea y natural entre los hombres. Es más bien una disciplina que necesitamos cultivar siempre: obedezco, espero, sigo obedeciendo, sigo esperando, entonces soy paciente.

Que logremos “esperando esperar” por la buena voluntad del Padre en nuestras vidas.

Dios nos bendice

Amigos

No es tan extraño: al pasar el tiempo observas que no elegiste a tus amigos, porque de haberlos elegido ellos estarían contigo. Elegiste socios, compañeros, pero nada más.

La amistad, tan valiosa y necesaria como es, es comprendida y apreciada más en el sufrimiento que en la alegría. Estar rodeado de multitudes que ríen contigo no es equivalente a tener muchos amigos, pues la amistad para ser genuina y efectiva requiere de más que la compañía, las emociones o tu elección y decisión: requiere ser correspondida igual.

Entonces los amigos no son elegidos, más bien son regalados por Dios. En lugar de llenar el corazón de amargura a causa de los “amigos” que elegiste y se fueron, gózate y regocíjate en aquellos que el Señor te regaló. Ama y sirve a todos, no des tu corazón al rencor, pero agradece y aprende, pues nunca conseguirás que todos estén, sólo necesitas de aquel que es “más unido que un hermano”.

Dios nos bendice.