Benditas las aflicciones por la causa de Cristo

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

Mateo 5:10-12 RVR1960

En un tiempo donde es tan poco común de los cristianos el entender las aflicciones y persecuciones como algo normal a la Vida Cristiana, unas breves líneas de la carta de Ignacio de Antioquía a los cristianos en Roma, que procuraban interceder en su favor para librarle del martirio:

“Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios.

De nada me servirían los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia.

El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre». No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.”

El valor de la disciplina

“Sin disciplina, nadie ha alcanzado eminencia alguna, y nadie que la haya alcanzado, la ha mantenido jamás sin disciplina”

«Nunca se ha logrado nada sin disciplina; y muchos atletas y muchos hombres se han echado a perder porque abandonaron la disciplina y se volvieron cada vez más inactivos. Coleridge [el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, más conocido por sus poemas «La balada del viejo marinero» y «Kubla Khan»] es la mayor tragedia de la indisciplina. Jamás una mente tan genial produjo tan poco. Dejó la Universidad de Cambridge para incorporarse al ejército; pero abandonó el ejército porque, a pesar de toda su erudición, no podía almohazar a un caballo; volvió a Oxford y se marchó sin graduarse. Inició un periódico llamado The Watchman (El Vigilante), que vivió diez ejemplares y después dejó de existir. De él se ha dicho: «Se perdía en las visiones del trabajo que tenía por hacer, que siempre quedaba por hacer. Coleridge tenía todos los dones poéticos, excepto uno: el don del esfuerzo constante y concentrado». Tenía toda clase de libros en su cabeza y en su mente, como se decía a sí mismo: «Completos, salvo por la transcripción». «Estoy en la víspera —decía—de enviar a la imprenta dos volúmenes pequeños». Pero los libros nunca se escribieron fuera de la mente de Coleridge porque él no se sometió a la disciplina de sentarse a escribirlos. Sin disciplina, nadie ha alcanzado eminencia alguna, y nadie que la haya alcanzado, la ha mantenido jamás sin disciplina.»

(William Barclay, citado por Donald S. Whitney en el libro “Disciplinas Espirituales para la Vida Cristiana”)