“La fe mueve montañas”

“—Si ustedes tuvieran una fe tan pequeña como un grano de mostaza —les respondió el Señor—, podrían decirle a este árbol: “Desarráigate y plántate en el mar”, y les obedecería.” (Lucas 17:6 NVI)

Hace mucho Dios ha inquietado mi corazón para entenderle mejor a Él; entender mejor a Dios ayuda a entender mejor el propósito por el que existimos, e igualmente sirve para bajar el ego y centrarse en lo que es eternamente importante y así vivir por Él y para lo suyo. Al conocer más de Él no fue sorpresa darme cuenta lo errado que había sido creer que un concepto tan elevado y divino como la fe era humano, mío.

Nuestro Señor Jesús, a quien los discípulos piden en el pasaje de hoy en Lucas que les “aumente la fe”, y que es reconocido por el escritor de Hebreos como “autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2), es sin quizás a quien deben dirigirse todos los que quieren fe. Como autor, el Señor es quien articula el diseño y razón de la fe, pero igualmente es quien ha “completado” la misma, y gracias a su obra nada más falta. Los discípulos, sin embargo, al pedir a Jesús que les aumente la fe, parten de una idea errada pero común, tan común que nosotros, que yo hoy igual la he tenido: que la fe es un asunto nuestro, un asunto mío.

No podríamos estar más equivocados.

Los discípulos creen tener algo de fe en ellos, que sólo necesitan “aumentarla” (en el griego en que fue escrito la petición de los discípulos expresa la idea de que se les añada más fe). Así como ellos, muchos de nosotros vivimos pensando que es nuestra “fe” personal, nuestra “confianza” en Dios la que logrará abrir para nosotros las puertas de la felicidad y la fortuna. ¡Que necios somos!

Aunque hicimos del versículo un refrán, lo hemos entendido mal: a la petición de sus discípulos el Señor les responde con una figura perfecta que debe hacernos entender la más cruel verdad, y esta es que nosotros no tenemos fe. Si la semilla de mostaza es una de las más diminutas del mundo, y con una fe del tamaño de ella es suficiente como para hacer que un gran árbol (el sicómoro) se desprenda de la tierra, se traslade hacia el mar y se siembre de nuevo allí, ¿cuántos árboles hemos hecho trasladarse de manera milagrosa?

La ilustración de Jesús quiere hacernos ver que en lugar de pedir para que nuestra fe personal sea aumentada, deberíamos procurar ser más fieles y obedientes, sin esperar a cambio nada. Es por eso que la ilustración se complementa con los versos siguientes:

“¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.” (Lucas 17:7-10 RVR1960)

Entonces, agradece al Señor por darte la fe que necesitas para confiar en la salvación que Él da y sírvele, sírvele porque como siervo es lo que debes, no pienses que ya has hecho tanto que ahora Dios te debe a ti, pues nunca podrás hacer tanto como para pagar lo que Él hace por ti.

En el fondo de todo

(Traducción libre de “At the bottom of it All” de John Piper, vía Solid Joys)

“En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad” (‭‭Efesios‬ ‭1:4-5‬ ‭NVI)

La experiencia de Charles Spurgeon no está más allá de la capacidad de cualquier cristiano ordinario.

Spurgeon, que vivió desde 1834 hasta 1892, era un contemporáneo y amigo de George Mueller y Hudson Taylor. Sirvió en el Tabernáculo Metropolitano de Londres durante más de treinta años como el pastor más famoso de su época.

Su predicación era tan poderosa que las personas se convertían a Cristo todas las semanas. Sus sermones todavía son publicados hoy y muchos lo consideran un modelo del ganador de almas.

Él recuerda una experiencia cuando tenía dieciséis años que dio forma a su vida y ministerio por el resto de sus días:

Cuando vine a Cristo, pensé que lo estaba haciendo todo yo mismo, y aunque busqué al Señor con seriedad, no tenía idea de que el Señor me estaba buscando. No creo que el recién convertido sea al principio consciente de esto.

Recuerdo el día y la hora en que recibí por primera vez esas verdades [las doctrinas de la soberanía de Dios, la irresistible gracia] en mi propia alma, cuando fueron, como dice John Bunyan, quemadas en mi corazón como con un hierro candente, y puedo recordar como sentí que había crecido, de repente, de un bebé a un hombre, que había progresado en el conocimiento de las Escrituras, al haber encontrado, de una vez por todas, esa pista de la verdad de Dios.

Una noche de la semana, cuando estaba sentado en la casa de Dios, no estaba pensando mucho en el sermón del predicador, porque no lo creía.

El pensamiento me golpeó: ¿Cómo llegaste a ser cristiano? Busqué al Señor ¿Pero cómo viniste a buscar al Señor? La verdad brilló en mi mente en un momento: no debería haberlo buscado a menos que hubiera habido alguna influencia previa en mi mente para hacer que lo buscara. Oré, pensé, pero luego me pregunté a mí mismo: ¿Cómo llegué a orar? Me indujeron a orar al leer las Escrituras. ¿Cómo llegué a leer las Escrituras? Las leí, pero ¿qué me llevó a hacerlo?

Luego, en un momento, vi que Dios estaba en el fondo de todo, y que Él era el Autor de mi fe, y así se me abrió toda la doctrina de la gracia, y de esa doctrina no me he apartado a este día, y deseo hacer de esto mi constante confesión, “atribuyo mi cambio completamente a Dios”.

¿Qué hay contigo? ¿Le atribuyes tu conversión completamente a Dios? ¿Está Él en el fondo de todo? ¿Esto te hace alabar la gloria de su Soberanía, su irresistible gracia?

Ve al plato principal

(Traducción libre de “Go on to the meal”, de John Piper, vía Solid Joys)

“Prueben y vean que el SEÑOR es bueno; ¡qué alegría para los que se refugian en Él!” (Salmos 34:8 NTV)

Para ustedes que dicen que nunca han probado la gloria de Dios, les digo, han probado muchos de sus aperitivos.

¿Alguna vez has mirado hacia el cielo? ¿Alguna vez has sido abrazado? ¿Alguna vez te has sentado frente a un fuego caliente? ¿Alguna vez caminaste por el bosque, te sentaste junto a un lago y te acostaste en una hamaca de verano? ¿Alguna vez bebiste tu bebida favorita en un día caluroso o comiste algo bueno?

Todo deseo es una seducción devota o distorsionada de la gloria del cielo.

Usted dice que no ha probado la gloria de Dios. Yo digo, has probado los aperitivos. Ve al plato principal. Ve a Dios mismo.

Has visto las sombras; mira la sustancia. Has caminado en los cálidos rayos del día; voltea y mira el sol en sí – sí, a través de la lente protectora y certera del evangelio. Has escuchado ecos de la gloria de Dios en todas partes; sintoniza tu corazón con la música original.

El único lugar para poner en sintonía tu corazón es en la cruz de Jesucristo. “Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1:14; LBLA).

Si quieres la muestra más concentrada de la gloria de Dios, mira a Jesús en los Evangelios, y mira especialmente a la cruz. Esto enfocará tus ojos y sintonizará tu corazón y despertará tus papilas gustativas para que puedas ver, oír y saborear la gloria del verdadero Dios en todas partes.

Para eso fuiste hecho. Te suplico: no desperdicies tu vida en las sombras. Dios te hizo paras ver y saborear su gloria. Persigue eso con todo tu corazón y sobre todo lo demás. Has probado los aperitivos. Ahora ve al banquete completo.

¿Por qué 3Chapters? (Chapter 2)

La historia y propósito de nuestra existencia como seres humanos ha sido inquietud desde el principio de las edades. La filosofía y diferentes expresiones religiosas han procurado responder nuestras preguntas sobre quiénes somos, de dónde venimos, porqué somos lo que somos, hay algún propósito y objetivo a perseguir en nuestras vidas, hacia dónde vamos, etc. 3Chapters pretende proveer respuestas a estas inquietudes a partir del Evangelio de Cristo, de la Teología Cristiana, y más específicamente de la Teología Bíblica.

Los primeros tres capítulos de la Biblia (Génesis 1 – 3) resultan ser un excelente punto de partida, por lo que incluso con sólo tres capítulos tenemos suficiente información para avanzar en un conocimiento y una consciencia que de sentido a nuestras vidas.

(ver Chapter 1)

Chapter 2

RELACIÓN

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“… del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás…”

 

En el primer capítulo se nos plantea nuestros orígenes: somos creados por un ser Todopoderoso, a quien reconocemos con el título de Dios, y quien, como consecuencia, resulta ser nuestro dueño, a quien nos debemos por entero, es nuestro rol el de siervos. Precisamente es del rol descrito anteriormente que parte este segundo capítulo, cuya idea es responder a la pregunta: ¿Cómo relacionarse con un Ser Todopoderoso?

Sé que resultará sorprendente para muchos la siguiente frase: Dios no es tu siervo. Lo sé, es lógico, de hecho parece estar implícito en la idea de que nuestro rol es ser siervos de Él. Si el Dios que ha creado a nosotros y todo cuanto vemos es Todopoderoso (como por seguro sabemos que lo es) entonces es natural que no dependa de sus criaturas y que por lo mismo no sea sujeto a los deseos y a las órdenes de sus seres creados. Y resultando ser tan lógica la frase, la práctica común de muchos de los creados, incluso de los que decimos seguir y servir al Todopoderoso, pareciera invertir los roles: Dios es nuestro siervo, a quien podemos poner a un lado e ignorar, a quien podemos definir conforme a nuestros requisitos o experiencia, a quien podemos reducir y confinar a un espacio y lugar, quien debe cumplir nuestros más grandes anhelos. Conscientes como somos de nuestra experiencia de vida y de lo amplio de nuestro conocimiento y del todavía más amplio acceso a las informaciones, hemos decidido qué tipo de dios queremos y de igual forma cuándo y para qué lo queremos. Dictamos órdenes, “declaramos, decretamos, reclamamos y arrebatamos” de sus manos “nuestras bendiciones”… ¡Es risible y ridículo pensar que tal pudiera ser la relación entre el Todopoderoso y nosotros!

Imaginemos por un momento que somos alfareros y que en el ejercicio libre de nuestra voluntad, sea por la romántica inspiración de un artista o por ejecutar una brillante idea que resulte en un buen negocio, decidimos crear una vasija de barro. Concebimos el tamaño, la forma, los detalles y colores con todo el cuidado posible. Concluida la tarea, lo natural es que hagamos con la vasija aquello que concebimos en principio, sea colocarla en exhibición para el deleite de los sentidos, o venderla al mejor precio posible. ¿No sería ridículo pensar que la vasija nos controlara?, si nos empezara a reclamar: “¿Por qué no me hiciste de otro color?”, “¿Por qué no me hiciste más grande?”, “¡Te ordeno que me llenes de oro y piedras preciosas!”, o aún “¡Declaro y establezco que nunca me dejarás recibir daño alguno y que todo me irá bien porque tú me hiciste!”, le recordaríamos gentilmente a la vasija: “Te hice como mi soberano deseo quiso, y para lo que mi perfecta voluntad decidió” (claro que lo de “soberano” y “perfecto” no nos describe a nosotros, describe más bien al Todopoderoso Creador). Oponerse, pues, a la voluntad del Todopoderoso no es la mejor manera de relacionarse con Él.

En el capítulo 2 del libro de Génesis podemos apreciar la justa y (de nuevo) lógica relación que los seres creados deben a su Todopoderoso Creador: sumisa obediencia. A diferencia de lo que muchos pueden pensar, una vez Adán es creado no recibe del Señor consejos de cómo aprovechar efectivamente la creación y ser inmensamente feliz, más bien recibe órdenes, instrucciones de qué y cómo hacer. Veamos:

 Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas  del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. (Génesis 2.15-17; RVR1960)

Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. (Génesis 2.19; RVR1960)

En Adán fuimos creados para gobernar todo cuanto el Todopoderoso hizo en esta Tierra (Génesis 1.26-28), como lo describe el salmista:

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,

La luna y las estrellas que tú formaste,

Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,

Y el hijo del hombre, para que lo visites?

Le has hecho poco menor que los ángeles,

Y lo coronaste de gloria y de honra.

Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos;

Todo lo pusiste debajo de sus pies:

Ovejas y bueyes, todo ello,

Y asimismo las bestias del campo,

Las aves de los cielos y los peces del mar;

Todo cuanto pasa por los senderos del mar.

¡Oh Jehová, Señor nuestro,

Cuán grande es tu nombre en toda la tierra!

(Salmo 8.3-9; RVR1960)

 

Evidentemente nuestros anhelos de grandeza no son infundados, fuimos formados para ser señores de este planeta, tal gloria y honra entre los creados no puede ser superada por nada. Pero… ¿pudiste al leer darte cuenta del origen de esta gloria? No fue una conquista de Adán, pues no es un acto humano el crear ex nihilo (de la nada) y por lo tanto lo que habría gobernar no era suyo, no le pertenecía, como tampoco a nosotros nos pertenece. El salmista y rey David lo tenía muy claro, en cada afirmación plantea que el gobierno (y la gloria que le acompaña) fueron dados a Adán por el Todopoderoso: “Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies” (vv. 5-6). La mejor explicación a esto la plantea el apóstol Pablo al comparar el señorío de Jesucristo con el de Adán:

Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. (1 Corintios 15.27; RVR1960)

Si esta declaración es verdad para el Unigénito Hijo de Dios (de quien hablaremos en el capítulo 3), ¿cuánto más para Adán?

¡Todo fue sujetado a Adán excepto, lógicamente, el Todopoderoso Dios que le sujetó todo a su autoridad!

Es precisamente por esto que, al recibir las palabras del Creador, Adán no discute sus órdenes, tan sólo (al menos en principio) obedece: labró y guardó el huerto, nombró a los animales, y (por un tiempo, como veremos en el capítulo 3) no comió del fruto del árbol prohibido.

Sumisa obediencia fue y sigue siendo la única manera en que nosotros los seres creados podemos relacionarnos con el Todopoderoso Creador.

La obediencia a nuestro Dios Todopoderoso no es carente de beneficios, pues toda bendición y recompensa para Adán resulta natural al obedecer: alimentos, un lugar hermoso donde vivir (Génesis 2.8-14), un trabajo productivo (vv. 19-20), e incluso una “ayuda idónea”, una como él mismo que fuera su perfecta compañera, con quien compartir la responsabilidad de gobernar y señorear la tierra (vv. 21-25), son parte de los tesoros que recibe como recompensa a su sumisa obediencia, y la más importante de todas: vida en comunión con el Todopoderoso (vv. 15-17).

A diferencia de nosotros, que observamos como aquel que más tiene menos sirve, que quien tiene poder lo usa no para empoderar a otros pero para acumular más poder, el Todopoderoso por definición no tiene competencia y siendo Santo como es (más adelante, en el capítulo 3, explicaremos un poco más este asunto) no  conoce la mezquindad ni el egoísmo, sabe bien recompensar la obediencia.

Si buscas, pues, el objeto y razón de vivir en comunión con Dios, la sumisa obediencia es la respuesta.

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. (Romanos 12.1-2; RVR 1960)

 

Vladimir Aquino

“Cuando alguno es tentado…” (primera parte)

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“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.” (Santiago 1.13–15, RVR60)

Introducción

Definir tentación no es tan difícil. De hecho, puede resultar bastante simple para nuestra mente acostumbrada a los atajos, los resúmenes y los tweets de 160 caracteres o menos. Cuando Charles Stanley, en su libro “Tentado, no cedas” introduce su tema reflejando lo común del tema y como cada uno se identifica con el mismo dice:

“El vocablo tentación trae a la mente diferentes cosas para cada uno de nosotros. Para algunos, esta palabra indica un delicioso helado de crema batida y nueces. Para otros, es el hombre o la mujer quien ha venido a ser el objeto de fantasías sexuales secretas en la oficina. Para el negociante que vive bajo una presión inflexible, puede ser la taberna de la esquina. Para la mujer que hace tiempo perdió el fervor de ser esposa y madre, puede ser la farmacia de la esquina donde sabe que puede conseguir que le vendan esa receta de calmantes una vez más.”

El concepto de tentación, sin embargo, resulta ser más complejo y vital al ser analizado bíblicamente, pues hemos reducido la idea de tentación a cosas superficiales y a nimiedades, basta citar la definición de la misma que hacen el Diccionario Manual de la Lengua Española y el Diccionario de la Real Academia Española:

“Impulso o estímulo espontáneo que nos empuja a hacer algo, especialmente una cosa mala o que no es conveniente” (Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L.)

“Instigación o estímulo que induce el deseo de algo.” (Diccionario de la Lengua Española RAE)

Definitivamente “tentación” es algo más que el deseo de comer un dulce en horas de la noche, o de comprar un par de zapatos adicionales. Definir “tentación” es una tarea más compleja y mucho más importante, y cada creyente necesita alcanzar la mayor claridad en este asunto; me atrevo a proponer dos y sólo dos razones por el momento: la primera es que en el concepto de “tentación” se encierra el origen de todo el mal que conocemos, y la segunda es que todos los seres humanos, sin importar edad, sexo, nacionalidad, credo o partido político, han experimentado, experimentan y habrán de experimentar tentaciones en su vida; tal como dice John MacArthur en su sermón “Whose Fault Is Our Temptation”: La Tentación es la experiencia común de todo ser humano. Es por esto que debemos conocer, entender el concepto de tentación, pues como dice Steve J. Cole no podremos actuar como cristianos si no conocemos como sobreponernos a las tentaciones (sermón “The Source, Force, and Course of Temptation”).

Es tan difícil explicar este asunto que en tan sólo unos pocos versos (1.2-18) Santiago intercambia la experiencia de pruebas y tentaciones en más de una ocasión, siendo la más reciente precisamente la que abordan estos versos 13-15, pues apenas en el vs. 12 Santiago a tratado el clímax de la actitud que debe tener el creyente ante las pruebas y la esperanza y gozo que esto conlleva y lo ha hecho usado exactamente la misma palabra en el idioma original que la que ahora en los vv. 13-15 usa para referirse a las tentaciones (πειρασμός, “peirasmos”), dejando en mi corazón la inquietud, la pregunta “¿Cómo se relacionan pruebas y tentaciones?”.

Una definición sencilla de “tentación”, provista por J. L. Garrett en su “Teología Sistemática, Tomo 1”, es la siguiente: “significa la ocasión del pecado humano, o el estímulo o aliciente a pecar”.  Una más rica, sin embargo, es la que nos plantea John Owen:

“Una tentación, pues, en general, es algo que, por cualquier razón, ejerce una fuerza o influencia para seducir y atraer la mente y el corazón del hombre de la obediencia que Dios requiere de él hacia cualquier tipo de pecado.

En particular, es una tentación si dirige un hombre al pecado, le da la oportunidad de hacerlo, o le hace descuidar su deber. La tentación puede sugerir el mal al corazón, o extraer el mal que ya está ahí. También es una tentación al hombre, si algo es por cualquier medio capaz de distraerlo de su comunión con Dios, o la obediencia universal, constante que se requiere de él.

Para aclarar, estoy considerando la tentación no sólo como la fuerza activa de la seducción al pecado, sino también la cosa misma por la cual somos tentados. Sea lo que sea, dentro de nosotros o sin nosotros, que nos impide cumplir nuestro deber o proporciona una ocasión para el pecado, esto se debe considerar la tentación. Podría ser negocio, el empleo, el curso de la vida de uno, afecciones de la empresa, la naturaleza corrupta, propósitos, las relaciones, placeres, la reputación, la autoestima, la posición, habilidades, regalos, etc, que proporcionan la oportunidad de pecar o ser negligentes ante nuestro deber. Estas son verdaderas tentaciones, tanto como las solicitaciones más violentas de Satanás o seducciones del mundo. Quien no se da cuenta de esto está en el borde de la ruina.” (“Temptation, Banner of Truth”; John Owen)

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios…”

Santiago concluye su discurso sobre las pruebas en los creyentes tratando el tema de la tentación, y lo hace partiendo de una declaración en la que requiere del creyente no atribuir a Dios el origen ni el objeto de las tentaciones.

“Cuando alguno es tentado…” debiera ser traducido mejor “Ninguno al ser tentado”, indicando Santiago antes que cualquier cosa la certeza y no la probabilidad de que todos somos tentados, y de que junto con las pruebas muy a menudo se manifiestan las tentaciones. Como hemos visto ya, las pruebas son agentes externos al ser mismo del creyente que procuran enriquecer, fortalecer su fe, siendo entonces el objeto de la prueba la fe misma y no la persona. La tentación, por el contrario, y como veremos en detalle luego, parte del interior de la persona misma, cuestionando a Dios y sus propósitos y buscando establecer el propio criterio.

Por lo fino de la línea que separa a pruebas y tentaciones, muchos creyentes pudieran inclinarse a hacer al Señor responsable de las tentaciones que experimentan, a la manera en que hicieron Adán y Eva en el principio:

Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.” (Génesis 3.8–13, RVR60)

Cuando Dios crea al hombre lo hace diferente al resto de sus criaturas, no tan sólo por colocar sus manos en la tarea (“Formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida”, Génesis 2.7), pero por transmitir con el soplo de vida su propia imagen (personalidad), es decir: emociones, intelecto y voluntad. Esta imagen de Dios en el hombre es dañada, corrompida, a causa del pecado, interrumpiendo así la relación especial por y para la que fue hecho el ser humano, quien ahora procura hacer al Creador el responsable de su conducta.

“NO ME METAS EN TENTACIÓN, YO LA PUEDO ENCONTRAR POR MÍ MISMO” (“Tentado, no cedas”; Charles Stanley)

Como podemos ver, desde la interrupción de la relación primaria del hombre con su Creador, es bastante común y sencillo buscar en otros la responsabilidad por nuestra conducta y su resultado, nuestros males, y procurar quitar la responsabilidad que nos toca no sirve para corregir el rumbo ni para crecer sobre las pruebas y consecuentes tentaciones. Charles Stanley dice acerca de esto:

Los alcohólicos son ejemplos clásicos. Algunas personas con problemas con la bebida tienen historias bien trilladas acerca del porqué tienen problemas con el alcohol. Las historias son desde problemas familiares a dificultades en el trabajo y a relaciones rotas. A pesar de la particularidad de las historias, la conclusión es que alguien más tiene la culpa por sus problemas. Si ciertas personas o circunstancias cambiaran, entonces, ellos podrían enmendarse, pero no antes. El triste resultado es que culpando a otros por sus problemas, nunca están en posición de cambiar. Hacen fracasar todo el proceso… Culpar a otro o a algo por sus debilidades particulares y tentaciones parece quitar la responsabilidad de sus hombros. Pero por eludir mentalmente una posición de responsabilidad, también elude la posición desde donde podría corregir la situación. Hasta que usted no se disponga a adoptar la responsabilidad por sus fracasos, estará maldispuesto a cooperar y, por lo tanto, será incapaz de hacer nada acerca de dichos fracasos. (“Tentado, no cedas”; Charles Stanley).

Entonces, ¿de quién es la culpa de la tentación?, ¿quién es el responsable? John MacArthur, en el sermón previamente citado, dice:

La misma palabra que significa una tentación al mal también se utiliza para hablar de una prueba. La diferencia es la forma de responder a la misma. Si usted responde a una prueba con la obediencia, entonces esto le resulta un medio de crecimiento espiritual. Si usted responde a una prueba con la desobediencia, se ha convertido en una tentación y usted ha sido víctima de ella. Cada prueba tiene el potencial de convertirse en una tentación en función de nuestra respuesta. Así, Santiago hace que este cambio de pruebas, que conducen al crecimiento y bendición, a las tentaciones, que conducen al pecado y la muerte. Cada circunstancia de la vida que enfrentamos entonces, nos provee de una decisión. De hecho, se requiere una decisión. ¿Voy a perseverar? ¿Voy a avanzar en la fe en Dios por la obediencia a su palabra o voy a escuchar la voz que sugiere el camino más fácil es la desobediencia y la caída en el pecado?

 

“…porque Dios no puede ser tentado por el mal…”

Simple. La tentación usualmente proviene del mal y siempre lleva al mal. La razón por la que Santiago niega tan enfáticamente la probabilidad de que alguno sea tentado de parte de Dios es porque Dios es diametralmente opuesto al pecado: Él es Santo, Santísimo, Puro, Sin Mancha, y esa Santidad Inherente que caracteriza su ser le impide planear, realizar, disfrutar el pecado y tampoco incitar a otros a hacerlo.

Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.” (Isaías 57.15, RVR60)

Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio; ¿por qué ves a los menospreciadores, y callas cuando destruye el impío al más justo que él,” (Habacuc 1.13, RVR60)

Acerca de esto, Carballosa nos dice:

Santiago, evidentemente, está haciendo una declaración tocante a la absoluta impecabilidad de Dios; o sea, el hecho de que Dios no puede ser incitado a pecar. Tal cosa militaría en contra de la misma naturaleza de Dios. La declaración «Dios no puede ser tentado con el mal» es una afirmación de Su impecabilidad.

 Los paganos contemplaban a sus dioses como seres sujetos a tentación, y consecuentemente, como fuente de tentaciones. Dios, en contraste, es absolutamente santo e impecable. En virtud de su naturaleza santa, es inmune al pecado. En él no pueden albergarse ni malos pensamientos ni inclinaciones pecaminosas. ¿Cómo, entonces, podría ser él la fuente del pecado? (Evis Luis Carballosa – “Santiago, Fe en Acción”, citando en el último párrafo a Thurman Wisdom en “Perfection Through Trials”)

“…ni Él tienta a nadie”.

Ahora, si caigo en el pecado, ¿de quién es la culpa? ¿Es culpa de Dios que trae las pruebas o las permite? ¿Es culpa de mis circunstancias? ¿Es culpa de mi ser, creado por Dios como soy y no puedo evitarlo? ¿De quién es la culpa? Si Dios trae las pruebas, ¿entonces es él el responsable cuando se convierten en tentaciones? Esta cuestión de quién tiene la culpa en la tentación del pecado es el corazón de este pasaje y es una cosa esencial, ya que realmente es algo tan antiguo como el pecado mismo. (John Macarthut, sermón “Whose Fault Is Our Temptation”)

¿Cómo se originó la “tentación” en una “buena en gran manera” creación?

Como sabemos, antes que hubiera pecado en la humanidad, hubo pecado en el ámbito angelical: Satanás, preñado de orgullo y deseos de gloria y grandeza, aspiró al trono del Altísimo:

Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad. A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector. Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra; delante de los reyes te pondré para que miren en ti. Con la multitud de tus maldades y con la iniquidad de tus contrataciones profanaste tu santuario; yo, pues, saqué fuego de en medio de ti, el cual te consumió, y te puse en ceniza sobre la tierra a los ojos de todos los que te miran.” (Ezequiel 28.15–18, RVR60)

¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo.” (Isaías 14.12–15, RVR60)

La tentación primera, la que experimentó Satanás en su corazón, no pudo provenir del mal, pues Dios no creó maldad, nada malo. La Escritura nos muestras dos aspectos que dieron como resultado la caída de Lucero, el querubín protector: la “multitud” de sus contrataciones que le llevaron al orgullo, y el envanecerse en su hermosura y sabiduría, probablemente por considerarlas la razón de su éxito y esto no es otra cosa sino necedad, pues el Creador debe ser y es más Poderoso, Hermoso y Sabio. Dios fue quien le dio ministerio y labores celestiales, y fue Dios quien le hizo sabio y hermoso, por lo que la bondad misma del Señor manifestada en él se convirtió en el objeto de su caída. ¿Hace esto a Dios responsable de la maldad? El debate es intenso, de manera que incluso algunos rabinos judíos desarrollaron la teoría de que el mal había sido originado por Dios mismo como una forma de mostrar su bondad; Barclay dice sobre esto:

“Algunos rabinos dieron un paso atrevido y peligroso. Arguyeron que, como Dios había creado todas las cosas, tiene que haber creado también la tendencia al mal. De ahí los dichos rabínicos «Dios dijo: «Me arrepiento de haber creado la tendencia al mal en el hombre; porque, si no lo hubiera hecho, no se habría rebelado contra Mí. Yo creé la tendencia al mal, creé la Ley como un remedio. Si te ocupas de la Ley, no caerás en su poder. Dios colocó la tendencia al bien en la mano derecha del hombre, y la tendencia al mal en su izquierda.» (William Barclay, Comentario Bíblico Santiago y Pedro)

Esto es una contradicción mayor. La respuesta al origen de las tentaciones y del mal no se encuentra y no puede ser encontrado en Dios, es lo que Santiago enseña con tanto énfasis y es lo que la Santidad del Ser Divino amerita. Los rabinos continuaron con su búsqueda de respuestas, y otros llegaron a la conclusión de que Dios siendo justo hizo a sus criaturas dueñas de total libertad incluso para rebelarse contra Él:

No digas: «El Señor es causa de que yo peque», porque tú no debes hacer las cosas que él aborrece. No digas: «Él me engañó», porque él no tiene necesidad del hombre pecador. El Señor aborrece toda maldad y ninguna maldad será amada por los que lo temen. Él creó al hombre en el principio y lo dejó en manos de su propio pensar. Si tú quieres, cumplirás los mandamientos (y ellos te conservarán) y de buena voluntad guardarás la fe. Puso ante ti el fuego y el agua: extiende tu mano hacia lo que quieras. La vida y la muerte (lo bueno y lo malo) están delante del hombre y lo que más le agrade, le será dado. La sabiduría del Señor es grande: él es fuerte, y poderoso y ve todas las cosas (sin cesar), y sus ojos están puestos sobre los que le temen, pues él conoce todas las obras del hombre. A nadie mandó hacer el mal y a nadie dio licencia para pecar, (porque no ambiciona la multitud de los hijos infieles e inútiles). No desees tener muchos hijos inútiles, ni te alegres con los hijos impíos; si crecen en número, no te goces si no está en ellos el temor del Señor.” (Eclesiástico 15.11–16.1, BSO)

A la manera que ocurre en el Edén, así ocurre con nosotros. Warren Wiersbe nos lo describe hermosamente en su comentario del libro de Santiago “Be Mature”:

Podemos preguntar: “¿Por qué Santiago conecta las dos? ¿Cuál es la relación entre las pruebas externas y las tentaciones internas? Simplemente esto: Si no tenemos cuidado, las pruebas en el exterior pueden llegar a ser las tentaciones en el interior. Cuando nuestras circunstancias son difíciles, podemos encontrarnos quejándonos contra Dios, cuestionando su amor, y resistir Su voluntad. En este punto, Satanás nos ofrece la oportunidad de escapar de la dificultad. Esta oportunidad es una tentación. (Wiersbe, Warren W.; “Be Mature – James: Growing Up in Christ; The BE Series Commentary”, Kindle Edition.)

Egoístas como somos, cedemos a la tentación a causa del deseo de nuestro corazón de ser nuestro propio rey, de hacer nuestra voluntad incluso por encima de la del Creador; tal como ocurre a Eva en la tentación original: vemos el pecado como una atractiva opción para tomar el lugar que en nuestras vidas le corresponde sólo a Dios:

Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.” (Génesis 3.4–6, RVR60)

En nuestro próximo artículo veremos:

  1. ¿Por qué y cómo llegamos a ser presa de la tentación?
  2. ¿Cuál es el resultado de ceder a la tentación?
  3. ¿Existe alguna forma de resistir la tentación?

Posteriormente nos ocuparemos de las pruebas y su propósito en los creyentes, ampliando el concepto de cómo estas pueden convertirse en tentaciones.

Dios te bendice.