«Manso y Humilde: El corazón de Cristo para los pecadores y heridos», de Dane Ortlund

Probablemente controversial para algunos, pero para muchos (entre los que me incluyo) este libro escrito por Dane Ortlund, publicado en inglés por Crossway y en español por B&H Español, es una gran bendición. A partir del extracto compartido por la casa me permito compartir con ustedes el primer capítulo, confiando en que sea de bendición para ustedes también.

Su corazón

… [Yo] soy manso y humilde de corazón… (Mateo 11:29)

Mi papá me enseñó algo que aprendió de Charles Spurgeon. En los cuatro relatos del evangelio que se nos dan en Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que abarcan 89 capítulos de texto bíblico, solo hay un lugar donde Jesús nos habla sobre Su propio corazón. Aprendemos mucho en los cuatro Evangelios sobre la enseñanza de Cristo. Leemos sobre Su nacimiento, Su ministerio y Sus discípulos. Nos relatan Sus viajes y hábitos de oración. Encontramos largos discursos y repetidos enfrentamientos por parte de Sus detractores, situaciones que provocaron aún más enseñanza.

Aprendemos la forma en la que Él cumple todo el Antiguo Testamento. Y leemos sobre Su injusto arresto, Su vergonzosa muerte y Su asombrosa resurrección. Considera las miles de páginas que han escrito los teólogos en los últimos 2000 años sobre todas estas cosas. Pero en un solo lugar, y tal vez en las palabras más maravillosas jamás pronunciadas por labios humanos, oímos a Jesús mismo abrirnos Su corazón:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras
almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

(Mat. 11:28-30)

En el único pasaje de la Biblia en el que el Hijo de Dios retira el velo y nos permite observar quién es, no se nos indica que sea «estricto y exigente de corazón». No se nos enseña que Él es «exaltado y digno de corazón». Ni siquiera se nos dice que es «alegre y generoso de corazón». Al describirse a sí mismo, Jesús pronuncia esta sorprendente afirmación: «Soy manso y humilde de corazón».

Debo aclarar que cuando la Biblia habla del corazón, ya sea en el Antiguo Testamento o el Nuevo Testamento, no está hablando solo de nuestra vida emocional, sino de la parte medular que nos impulsa a hacer todo lo que realizamos. Es lo que nos saca de la cama por la mañana y lo que soñamos despiertos mientras nos quedamos dormidos. Es lo que alberga nuestras motivaciones. El corazón, en términos bíblicos, no es parte de quiénes somos, sino el centro mismo de lo que somos. Nuestro corazón es lo que nos define y nos dirige. Es por eso que Salomón nos dice: «guarda tu corazón; Porque de él mana la vida» (Prov. 4:23).

El corazón está relacionado con la vida misma. Es lo que nos hace humanos. El corazón impulsa todo lo que hacemos. Es lo que somos.

Y cuando Jesús menciona qué lo anima con mayor fuerza, qué es lo más cierto de Él (cuando expone los recovecos más íntimos de Su ser), lo que encontramos allí es: «Soy manso y humilde de corazón». ¿Quién podría haber pensado en un Salvador con estas cualidades?

Portada Frontal


«Soy manso…».
La palabra griega que aquí se traduce «manso» solo se encuentra otras tres veces en el Nuevo Testamento: en la primera bienaventuranza, donde leemos que «los mansos» heredarán la tierra (Mat. 5:5); en la profecía de Mateo 21:5 (NVI, citando Zac. 9:9), donde se nos señala que Jesús, el Rey, «viene hacia ti, humilde y montado en un burro»; y en la exhortación de Pedro a las esposas, donde las alienta para que su belleza proceda «de un espíritu tierno y sereno» (1 Ped. 3:4, LBLA). Manso, humilde y sereno. Jesús no reacciona con violencia a la primera provocación. No se irrita con facilidad. Es la persona más comprensiva del universo. Lo más natural para Él no es señalar con Su dedo, sino mantener los brazos abiertos en señal de bienvenida.

«… y humilde…».

El significado de la palabra «humilde» se superpone con el de «manso», transmitiendo juntos una sola realidad sobre el corazón de Jesús. Al igual que en el Mateo 11, esta palabra específica se traduce generalmente como «humilde» en el Nuevo Testamento, como en Santiago 4:6: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes». Pero típicamente, en todo el Nuevo Testamento, esta palabra griega se refiere no a la humildad como una virtud, sino a la humildad en el sentido de destitución o ser empujado hacia abajo por las circunstancias de la vida (así es como también esta palabra griega se utiliza generalmente en todas las versiones griegas del Antiguo Testamento, especialmente en el Libro de los Salmos). En el canto de María durante el embarazo de Jesús, por ejemplo, esta palabra se usa para hablar de la forma en que Dios exalta a los «humildes» (Luc 1:52). Pablo utiliza esta palabra en Romanos 12:16, cuando dice: «no altivos, sino asociándoos con los humildes», refiriéndose a los de baja condición, aquellos que no son el alma de la fiesta, sino que hacen sufrir al anfitrión cuando llegan.

La finalidad de señalar que Jesús es humilde es decir que Él es accesible. Con toda Su gloria resplandeciente y Su santidad deslumbrante, Su suprema singularidad y otredad, nadie en la historia humana ha sido tan accesible como Jesucristo. No hay requisitos previos. No hay obstáculos que esquivar. Warfield, comentando sobre Mateo 11:29, escribió: «Su vida en la tierra no dejó ninguna impresión más profundamente arraigada en la conciencia de Sus seguidores que la de Su noble humildad». El único pequeño obstáculo que impide que seas recibido en Sus brazos es simplemente que no vayas a Él. Es lo único que necesita. De hecho, es lo único con lo cual trabaja. El versículo 28 de nuestro pasaje en Mateo 11 nos dice explícitamente quién califica para tener comunión con Jesús: «Todos los que estáis trabajados y cargados». No es necesario que descanses o encuentres paz y luego vengas a Jesús. Tu misma carga es lo que te califica para venir. No se requiere pago; Él declara: «Yo os haré descansar». Su descanso es un regalo, no un negocio. Ya sea que estés trabajando activamente para cambiar tu vida («trabajado») o pasivamente preocupado por algo fuera de tu control («cargado»), el deseo de Jesucristo de que descanses, de que salgas de la tormenta, supera incluso el tuyo.

«Apacible y humilde». Este, según Su propio testimonio, es el corazón de Cristo. Esto describe quién es: tierno, abierto, servicial, comprensivo y dispuesto. Si se nos pide que digamos solo una cosa sobre quién es Jesús, estaríamos honrando Su propia enseñanza si nuestra respuesta es: «manso y humilde». Si Jesús diseñara Su propio sitio web, la línea más destacada de la sección «¿Quién soy?» sería: «Manso y humilde de corazón».

Jesús no es así para todos de manera indiscriminada. Esto es lo que es para aquellos que acuden a Él, que toman Su yugo, que le piden ayuda. El párrafo anterior a estas palabras de Jesús nos da una idea de cómo maneja Jesús a los impenitentes: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! […]. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti» (Mat. 11:21, 24). «Manso y humilde» no significa «blando y tolerante».

Pero para el penitente, Su corazón apacible nunca es superado por nuestros pecados, nuestras debilidades, inseguridades, dudas, ansiedades y fracasos. Ser apacible no es una forma en que Jesús ocasionalmente actúa hacia los demás. La gentileza es Su esencia. Es Su corazón. Él no puede dejar de ser manso así como tú y yo no podemos cambiar nuestro color de ojos, porque así somos.

La vida cristiana es inevitablemente de esfuerzo y trabajo (1 Cor. 15:10; Fil. 2:12-13; Col. 1:29). Jesús mismo dejó esto claro en este mismo Evangelio (Mat. 5:19-20; 18:8-9). Su promesa en Mateo 11 es «descanso para vuestras almas», no «descanso para el cuerpo». Pero todo trabajo cristiano fluye de la comunión con un Cristo vivo, cuya realidad trascendente y definitoria es: manso y humilde. Nos asombra y nos sostiene con Su infinita amabilidad. Solo a medida que nos adentramos cada vez más en esta tierna bondad, podemos vivir la vida cristiana como nos pide el Nuevo Testamento. Solo mientras bebemos de la bondad del corazón de Cristo, dejaremos a nuestro paso, dondequiera que vayamos, el aroma celestial, y moriremos algún día, no sin antes haber iluminado el mundo con destellos de una bondad divina demasiado grande para ser considerada como algo que merecemos.

Encontramos la noción de esta bondad en nuestro pasaje. La palabra traducida «fácil» en la declaración «porque mi yugo es fácil» debe leerse con cuidado. Jesús no enseña que la vida esté libre de dolor o dificultades. Esta es la misma palabra que en otros pasajes es traducida «benigno», como en Efesios 4:32: «Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos…» (ver también Rom. 2:4). Considera lo que Jesús está diciendo. Un yugo es el pesado madero colocado sobre bueyes para obligarlos a arrastrar instrumentos agrícolas por el campo. Jesús está usando una especie de ironía, diciendo que el yugo puesto sobre Sus discípulos no es un yugo. Porque es un yugo benigno. ¿Quién podría resistirse a esto? Es como decirle a un hombre que se está ahogando que debe ponerse un salvavidas y él respondiera: «¡De ninguna manera! ¡No lo haré! ¡Estar ahogándose ya es muy difícil! ¡Lo último que necesito es cargar un salvavidas!». Así somos todos cuando confesamos a Cristo con nuestros labios pero evitamos la comunión profunda con Él debido a que no conocemos Su corazón.

Su yugo es suave y Su carga es liviana. Es decir, Su yugo no es un yugo, y Su carga no es una carga. Lo que el helio hace a un globo es lo que el yugo de Jesús hace a Sus seguidores. Somos animados por Su infinita gentileza y Su accesible e inigualable humildad. Él no solo acude a nuestro lugar de necesidad; Él vive en nuestro lugar de necesidad. Nunca se cansa de recibirnos con un tierno abrazo. Es Su corazón mismo. Es la motivación que lo impulsa cada día.

Generalmente no pensamos así de Jesucristo. Al reflexionar sobre este pasaje en Mateo 11, el antiguo pastor inglés Thomas Goodwin nos ayuda a comprender lo que Jesús realmente está diciendo.

Los hombres son propensos a tener ideas contrarias de Cristo, pero Él les muestra Su disposición allí, refutando tales pensamientos para atraerlos más a Él. Es probable que pensemos que Jesús, siendo tan santo, tiene una severa disposición contra los pecadores, y no puede soportarlos. «No», dice él; «Soy manso; esa es mi naturaleza y mi temperamento».

Tendemos a proyectar sobre Jesús nuestros instintos sesgados sobre cómo funciona el mundo. La naturaleza humana dicta que cuanto más rica es una persona, más tiende a menospreciar a los pobres. Cuanto más bella es una persona, más se aleja de lo feo. Y sin darnos cuenta de lo que estamos haciendo, suponemos en silencio que alguien tan santo y exaltado mostrará la misma renuencia de acercarse a lo despreciable e impuro. Claro, Jesús se acerca a nosotros, estamos de acuerdo, pero se tapa la nariz. Después de todo, este Cristo resucitado es a quien «Dios también le exaltó hasta lo sumo» y ante cuyo nombre cada rodilla se doblará un día en sumisión (Fil. 2:9-11). Este es Aquel con ojos «como llama de fuego» y cuya voz es «como estruendo de muchas aguas», que tiene «una espada aguda de dos filos» saliendo de su boca y cuyo rostro es «como el sol cuando resplandece en su fuerza» (Apoc. 1:14-16). En otras palabras, es tan indescriptiblemente brillante que Su esplendor no puede captarse adecuadamente con palabras, tan inefablemente magnífico que todo lenguaje se extingue ante Su esplendor.

Este es Aquel cuyo corazón es, sobre todas las cosas, manso y humilde.

Goodwin señala que este sublime y santo Cristo no se avergüenza de alcanzar y tocar a los sucios pecadores y a los enfermos. Dar tal abrazo es precisamente lo que le encanta hacer. No puede soportar contenerse. Naturalmente, pensamos en Jesús tocándonos de la misma manera que un niño pequeño estira la mano para tocar una babosa por primera vez: con la cara arrugada, extendiendo cautelosamente un brazo, dando un grito de disgusto al contacto e inmediatamente retirándose. Nos imaginamos al Cristo resucitado acercándose a nosotros con «una severa disposición», como declara Goodwin.

Por eso necesitamos una Biblia. Nuestra inclinación natural solo puede darnos un Dios semejante a nosotros. El Dios revelado en la Escritura deconstruye nuestras predilecciones y nos sorprende con una Persona cuya infinitud de perfecciones corresponde con Su infinitud de gentileza. De hecho, Sus perfecciones incluyen Su perfecta gentileza.

Es Su esencia. Es Su corazón mismo. Jesús mismo lo dijo.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras
almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

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