“De ninguna manera nos dejará sin castigo”

Fidelidad a Jehová / Arrepentimiento; Compromiso; Fidelidad / Jeremías 30.10–11 

La justicia del Señor hacia nosotros sus infieles hijos 

1. Introducción  

¿Qué hemos aprendido acerca de nuestro compromiso a ser fieles? 

, pues, siervo mío Jacob, no temas, dice Jehová, ni te atemorices, Israel; porque he aquí que yo soy el que te salvo de lejos a ti y a tu descendencia de la tierra de cautividad; y Jacob volverá, descansará y vivirá tranquilo, y no habrá quien le espante. Porque yo estoy contigo para salvarte, dice Jehová, y destruiré a todas las naciones entre las cuales te esparcí; pero a ti no te destruiré, sino que te castigaré con justicia; de ninguna manera te dejaré sin castigo.” (Jeremías 30.10–11, RVR60)   

Durante todo el año, como pastores y líderes de esta Congregación, hemos entendido la necesidad de enfatizar nuestro compromiso como cristianos a ser fieles a nuestro buen Dios. 

Hemos recorrido pasajes selectos del Antiguo Testamento cada domingo de este año con la única intención de ser todos convencidos que nuestras voluntades, como nuestro ser completo, deben ahora estar rendidas por entero a la Perfecta Voluntad de nuestro buen Señor. Permítanme antes de avanzar en el pasaje que nos ocupa el día de hoy resumir brevemente lo que hemos aprendido en relación a este asunto. 

Los primeros tres capítulos de nuestras Biblias nos enseñaron la autoridad de Dios sobre todo ser, y a la vez el origen de nuestra resistencia como humanos a cumplir con la razón de nuestra existencia: 

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” (Génesis 1.1, RVR60)  

El sólo hecho de que todo lo creado, nosotros incluidos, proviniese de la mente y propósito del Señor es suficiente para que entendamos que este no es nuestro mundo, es el suyo, que no estamos aquí para cumplir nuestros caprichos pero más bien para ser parte de la sinfonía celestial que canta “ ¡Gloria, Aleluya!” a la grandeza y majestad del Todopoderoso Creador.  

Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” (Génesis 1.28, RVR60)   

Fuimos hechos dignos colaboradores, siervos del Señor, mayordomos a cargo de toda la creación, y todo esto con el más estricto sentido de obediencia y dependencia al Soberano Dios: 

Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” (Génesis 2.15–17, RVR60)   

Hasta ese momento, cada posible necesidad nuestra estaba satisfecha: familia, hogar y sustento, junto a una relación especial, íntima y singular con Dios, eran el día a día de Adán y su mujer. A penas dos cosas les eran ajenas: en cuanto a lo material, comer del “fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal”, y como resultado, en cuanto a lo espiritual, el conocimiento del mal, incluido el peor de todos los males, la muerte.  

Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.” (Génesis 2.25, RVR60)   

Sin embargo, como sabemos ya, a esto apeló Satanás para convencerles de pecar, de ser infieles al compromiso que antes habían tomado para con Dios, y del cual se beneficiaban tanto. 

Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales.” (Génesis 3.6–7, LBLA)   

Desde entonces, todo fue de mal en peor con la humanidad; cada día los humanos morimos un poco más en cada forma posible: en nuestra relación con Dios, con nuestros iguales y aún con el resto de la creación misma. 

Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató. Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.” (Génesis 4.8–10, RVR60)   

Y como si todo esto fuera poco, la humanidad conoció el carácter justo de Dios que trae consigo el castigo a toda desobediencia (Génesis 3.14-24, 4.11-12, etc.) 

Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho.” (Génesis 6.5–7, RVR60)   

Sin duda la destrucción total, un “back to the drawing board” (como dicen los norteamericanos), o un “vuelta a cero” habría sido lo justo y adecuado de parte del Soberano Creador si así lo hubiera decidido. Pero nuestro Señor es poseedor del único carácter perfectamente completo, equilibrado e íntegro, y junto con su justicia viene la misericordia que da espacio a su gracia (Santiago 2.13), y con ello a la esperanza para la humanidad. 

Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.” (Génesis 6.8, RVR60)  “Pero Noé contaba con el favor del Señor.” (Génesis 6.8, NVI)  

Como parte de su excelente Plan de Redención, Dios se hizo de un hombre (Abraham), de cuya familia habría de adquirir para sí mismo un pueblo, proveyendo de esta manera esperanza de salvación para toda la humanidad. 

Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.” (Génesis 12.1–3, RVR60)   

La ley fue provista entonces para normar esta relación, pues como bien sabemos a partir de la caída en Edén los pensamientos y acciones del ser humano siempre han sido hacia la muerte, física y espiritual. El hombre no es capaz de buscar de Dios y mucho menos de comportarse adecuadamente. La gracia revelada por el Señor consiste precisamente en esto: Dios hace y ejecuta el Plan de Redención, por medio del cual hombres y mujeres pecadores, muertos espirituales, eternamente separados del Dios Puro y Santo, son atraídos de nuevo a la comunión con Él y son instruidos por Él en cuanto a cómo y qué hacer para mantener esta comunión, pero como si esto fuera poco, el plan incluye beneficios permanentes para aquellos que soberanamente eligió para disfrutar de Su maravillosa gracia. 

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.” (Éxodo 19.5–6, RVR60)   

Sin embargo, ningún hombre es capaz de cumplir los preceptos divinos. Hace unos pocos días alguien me preguntaba en la oficina: “¿Por qué Dios permite cierta clase de males? Mujeres que quieren concebir no pueden, y mujeres que habrán de abortar no tienen problemas para embarazarse?”. ¿Dios tiene poder para evitar el mal, para erradicarlo por completo? ¡Claro que sí! No sólo tiene poder para hacerlo, pero también habrá de hacerlo. No es incapacidad suya la que permite todo este mal, es más bien su gracia a favor nuestro. Nuestros mejores hombres, incluso los que Él eligió (Abraham, Moisés, David), son incapaces de satisfacer Su ley, haciéndonos todos merecedores del castigo que la ley prevé, y es sólo Su gracia la que puede sostener nuestras vidas. Los libros históricos del Antiguo Testamento concluyen con esa nota de frustración y fracaso, la infidelidad del pueblo escogido les hace merecedores del justo castigo, perdiendo los privilegios de vivir en la “tierra que fluye leche y miel”, del templo y la adoración debida a su Señor. 

¡El castigo de Dios a la infidelidad no ha perimido! Su Santidad, como reflejo de su carácter, sigue siendo y será la misma ayer, hoy y por los siglos, y nadie puede pretender ofenderla sin esperar consecuencias. 

Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10.26–31, RVR60)   

A la infidelidad de sus hijos, Dios responde permaneciendo fiel a sí mismo (2 Timoteo 2.13); así como prometió bendiciones abundantes a su pueblo como recompensa a la obediencia (Levítico 26.1-13), igualmente aseguró castigó y maldiciones como respuesta a la desobediencia, siendo la última de todas, el pináculo del castigo, el exilio mismo, la cautividad: 

Destruiré vuestros lugares altos, y derribaré vuestras imágenes, y pondré vuestros cuerpos muertos sobre los cuerpos muertos de vuestros ídolos, y mi alma os abominará. Haré desiertas vuestras ciudades, y asolaré vuestros santuarios, y no oleré la fragancia de vuestro suave perfume. Asolaré también la tierra, y se pasmarán por ello vuestros enemigos que en ella moren; y a vosotros os esparciré entre las naciones, y desenvainaré espada en pos de vosotros; y vuestra tierra estará asolada, y desiertas vuestras ciudades.” (Levítico 26.30–33, RVR60)  

Los profetas del Señor jugaron un papel importante en denunciar el pecado del pueblo, en llamarles al arrepentimiento aunque con poco éxito: la maldad proliferaba en el pueblo de Dios, al punto que fueron comparados con Sodoma y Gomorra (Isaías 1.9-10, Jeremías 23.14, Ezequiel 16.48-58, Sofonías 2.9, etc.), como desposadas adúlteras (Jeremías 3.6, Ezequiel 16.32 ), e incluso como “asna en celo” (Jeremías 2.24). De estos, probablemente Jeremías es el más emblemático, pues no sólo profetizó por cerca de 40 años, pero también su ministerio se extendió hasta el tiempo mismo de la definitiva cautividad babilónica, siendo testigo de primera mano del cumplimiento de la calamidad, habiendo plasmado los horrores de la derrota, destrucción y cautividad en el libro que conocemos como Lamentaciones (según la tradición, Jeremías observó la destrucción desde los montes alrededor de Jerusalén y así fue inspirado a describir en dicho libro lo que veía y las emociones que esto le causaba). Jeremías sufrió múltiples persecuciones de parte de los líderes socio-políticos y espirituales de Israel debido a su predicación de juicio y castigo contra el pueblo escogido; al final fue vindicado por su Señor por ser fiel. 

El ministerio del profeta inició durante el reinado de Josías. “El reinado de Josías fue el último rayo de luz antes de que la oscuridad de la idolatría y las intrigas extranjeras se asentaran sobre el trono davídico” (The Bible Knowledge Commentary – Major Prophets); el daño causado por años de liderazgo mal intencionado, por siglos de abandono a las leyes divinas, de infidelidad manifestada mayormente en idolatría, fue en cierta manera irreversible. Justo antes del reinado de Josías, Manasés gobernó Judá por 55 años, y unos pocos versos tomados de las crónicas de su reinado deberían sernos suficientes para ilustrarnos la condición espiritual de la nación escogida: 

De doce años era Manasés cuando comenzó a reinar, y cincuenta y cinco años reinó en Jerusalén. Pero hizo lo malo ante los ojos de Jehová, conforme a las abominaciones de las naciones que Jehová había echado de delante de los hijos de Israel. Porque él reedificó los lugares altos que Ezequías su padre había derribado, y levantó altares a los baales, e hizo imágenes de Asera, y adoró a todo el ejército de los cielos, y les rindió culto. Edificó también altares en la casa de Jehová, de la cual había dicho Jehová: En Jerusalén estará mi nombre perpetuamente. Edificó asimismo altares a todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa de Jehová. Y pasó sus hijos por fuego en el valle del hijo de Hinom; y observaba los tiempos, miraba en agüeros, era dado a adivinaciones, y consultaba a adivinos y encantadores; se excedió en hacer lo malo ante los ojos de Jehová, hasta encender su ira. Además de esto puso una imagen fundida que hizo, en la casa de Dios, de la cual había dicho Dios a David y a Salomón su hijo: En esta casa y en Jerusalén, la cual yo elegí sobre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre; y nunca más quitaré el pie de Israel de la tierra que yo entregué a vuestros padres, a condición de que guarden y hagan todas las cosas que yo les he mandado, toda la ley, los estatutos y los preceptos, por medio de Moisés. Manasés, pues, hizo extraviarse a Judá y a los moradores de Jerusalén, para hacer más mal que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel. Y habló Jehová a Manasés y a su pueblo, mas ellos no escucharon; por lo cual Jehová trajo contra ellos los generales del ejército del rey de los asirios, los cuales aprisionaron con grillos a Manasés, y atado con cadenas lo llevaron a Babilonia.” (2º Crónicas 33.1–11, RVR60)   

Imagina tú cuál sería tu estado mental al ser alcanzado por el castigo que mereces a causa de tu infidelidad al Señor; el dolor, la tristeza y desesperanza se apoderan de ti, tal como lo describiera David en su propio momento de pecado: “mientas callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día” (Salmo 32.3). ¿Destruirá Dios por completo a quien antes eligió? ¿Es su ira como la nuestra, explosiva, aniquiladora, que arrasa primero para lamentar después? 

2. Desarrollo:  

El castigo de Dios hacia sus hijos infieles 

El libro de Jeremías es un libro interesante, transpira la autoridad de Jehová sobre su creación en general: luego de una espectacular introducción al libro y al ministerio mismo del profeta, se organiza el libro para resaltar primero las profecías sobre el pueblo de Dios (capítulos 2 – 45) y luego las profecías sobre las naciones de alrededor (capítulos 46 – 51) y el clímax con el anuncio de la cautividad en el último capítulo (52). Otra manera de ver el libro y su distribución sería primero el mensaje al pueblo de Judá (2 – 33), el ministerio durante el asedio y la caída de Jerusalén (34 – 39) y el ministerio después de la caída y durante el inicio del exilio (40 – 45). La sección que precede a nuestro texto se enmarca dentro de los mensajes a los líderes espirituales de Israel (el rey y su corte, los sacerdotes, los falsos profetas, etc.), enfocando la veracidad del juicio y el castigo para el pueblo infiel, cosa puesta en duda una y otra vez por los mencionados líderes: 

“… así ha dicho Jehová de los ejércitos: He aquí envío yo contra ellos espada, hambre y pestilencia, y los pondré como los higos malos, que de tan malos no se pueden comer. Los perseguiré con espada, con hambre y con pestilencia, y los daré por escarnio a todos los reinos de la tierra, por maldición y por espanto, y por burla y por afrenta para todas las naciones entre las cuales los he arrojado; por cuanto no oyeron mis palabras, dice Jehová, que les envié por mis siervos los profetas, desde temprano y sin cesar; y no habéis escuchado, dice Jehová.” (Jeremías 29.17–19, RVR60)   

Pero como antes dije, la justicia de Dios viene junto a su gran misericordia y da espacio a su gracia para con sus hijos, sus elegidos. Aún en el castigo, tal como vistió a Adán y a Eva, da a su pueblo instrucciones para que la cautividad fuese lo menos dolorosa posible, y anuncia el tiempo para cuando una amorosa restauración habría de ocurrir: 

Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz. Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros, ni vuestros adivinos; ni atendáis a los sueños que soñáis. Porque falsamente os profetizan ellos en mi nombre; no los envié, ha dicho Jehová. Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar.” (Jeremías 29.4–14, RVR60)   

En medio del castigo, Dios tiene misericordia. ¡Quién lo creería! El castigo es intenso y doloroso, pero resulta ser pasajero, y la gran bendición que acompaña a la restauración hace palidecer y convierte todo el previo dolor en un mal recuerdo. Los vv. 1-9 del capítulo 31 nos lo muestran de la siguiente manera: 

• Dios hará volver a su tierra a los cautivos (la tierra que fluye leche y miel), y la disfrutarán (vv. 1-3) 

• Dios les hará volver después de atravesar un período de mucho dolor y sufrimiento (vv. 4-7) 

• Dios les hará volver de forma majestuosa, a una gloria mayor que la de antes, una en la que no habría más razones de castigo ni enemigos que los oprimieran (vv. 8-9) 

La razón para todo lo anterior no es otra más que el perfecto carácter del Señor, quien concluye este pasaje diciendo: “servirán a Jehová su Dios y a David su rey, a quien yo les levantaré”, una muestra de su misericordia y gracia que trae esperanza a sus hijos incluso en momentos de dolor y castigo. 

Aprendemos entonces que, en medio del dolor, la misericordia y la gracia nos preservan, haciendo que durante el proceso el Señor: 

a. Nos considere todavía sus siervos, sus mayordomos – “Tú, pues, siervo mío, Jacob…” 

b. Nos conforte con palabras de aliento, quitándonos el temor – “No temas, ni te atemorices” 

c. Nos manifieste su perfecto carácter – “Yo soy el que te salvo de lejos a ti y a tu descendencia de la tierra de cautividad” 

d. Nos restaure a una posición incluso mejor que la anterior – “… volverá, descansará y vivirá tranquilo, y no habrá quien le espante” 

e. Nos reitere su salvífica compañía – “Yo estoy contigo para salvarte” 

f. Nos libre de los enemigos por medio de quienes el castigo es aplicado – “… destruiré todas las naciones en las cuales te esparcí” 

g. Nos promete castigarnos con justicia, pero no destruirnos – “… pero a ti no te destruiré, sino que te castigaré con justicia; de ninguna manera te dejaré sin castigo” 

¡Oh, que maravillosa es la gracia de nuestro Señor! La justicia del Señor que nos castiga (a veces manera dolorosa y contundente) nos preserva para gloria suya y eterno beneficio nuestro. 

Es posible para nosotros separarnos del camino y ser infieles a nuestro buen Dios, pero igualmente es posible para nosotros regresar al rumbo, aunque muchas veces lo que necesitamos para regresar es el dolor del castigo recibido. Sin embargo, regresar es lo que nos muestra ser verdaderos siervos del Señor. El orgullo que llevó a Lamec a vengarse, a Caín a negar su crimen y considerar injusto su castigo, a Saúl a preferir la gloria de los hombres antes que dar gloria al Señor, hace que muchos se alejen de Dios, se pongan “a salvo”, preservando las apariencias, antes que aceptar la consecuencia de su desvío. No en todos es automática la aceptación de culpa y castigo, de hecho David debió ser descubierto por Dios meses después de su pecado y crimen para que este se arrepintiera y padeciera el dolor de ver a su hijo morir, pero lo que sí es sabido es que un verdadero “siervo de Jehová” se humilla al ser expuesta su infidelidad, en lugar de justificar y procurar vías de escape. 

Es necesario ser humildes y no desesperarnos, sin importar que tan difícil sea el castigo. El Señor nos ha salvado al dar a su Hijo en la cruz, entonces ¿Por qué habría de destruirnos? El hecho de que nos acompañe en medio del dolor es muestra de que su salvación es nuestra y nos acompaña siempre. El dolor es mucho, pero en la restauración el descanso y la paz durará para siempre. 

Seremos castigados por nuestra infidelidad, pero igual seremos preservados, fortalecidos, siempre y cuando entendamos al Señor y nos aferremos a El incluso en el tiempo de castigo, volvernos a El es lo mejor. 

Un inesperado ejemplo de su gracia y misericordia es el perverso rey Manasés antes mencionado. Fue llevado a Babilonia siendo tirado con cadenas por la nariz, como buey camino a trillar, habiendo perdido su trono, su nación y su libertad al ser apresado en Babilonia. Pero allí la misericordia del Señor le alcanzó: 

Mas luego que fue puesto en angustias, oró a Jehová su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres. Y habiendo orado a él, fue atendido; pues Dios oyó su oración y lo restauró a Jerusalén, a su reino. Entonces reconoció Manasés que Jehová era Dios.” (2º Crónicas 33.12–13, RVR60)   

3. Conclusión 

Es probable que entre nosotros hoy algunos estemos atravesando tiempos duros, que estemos padeciendo castigo de Dios a causa de nuestros pecados e infidelidad. La vergüenza, el intenso dolor, la frustración, pudieran llevarnos lejos de Dios cuando en realidad lo que necesitamos es acercarnos a Él, confesar y apelar a su misericordia, tal como lo hizo David, o como lo hizo Manasés. La gran bendición que nos espera cuando confesemos, cuando termine el dolor, es incomparable con la rica herencia que esperamos recibir. Hoy nos toca volver a ser siervos del Señor, confesar ante  Él nuestras culpas y confiar, porque aunque duela y duela mucho, Él no nos destruirá, nos volverá a sí mismo y hará de nuestra vida lo mejor para gloria suya, y eterno beneficio nuestro. 

Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.” (Jeremías 29.10–13, RVR60)