“La fe mueve montañas”

“—Si ustedes tuvieran una fe tan pequeña como un grano de mostaza —les respondió el Señor—, podrían decirle a este árbol: “Desarráigate y plántate en el mar”, y les obedecería.” (Lucas 17:6 NVI)

Hace mucho Dios ha inquietado mi corazón para entenderle mejor a Él; entender mejor a Dios ayuda a entender mejor el propósito por el que existimos, e igualmente sirve para bajar el ego y centrarse en lo que es eternamente importante y así vivir por Él y para lo suyo. Al conocer más de Él no fue sorpresa darme cuenta lo errado que había sido creer que un concepto tan elevado y divino como la fe era humano, mío.

Nuestro Señor Jesús, a quien los discípulos piden en el pasaje de hoy en Lucas que les “aumente la fe”, y que es reconocido por el escritor de Hebreos como “autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2), es sin quizás a quien deben dirigirse todos los que quieren fe. Como autor, el Señor es quien articula el diseño y razón de la fe, pero igualmente es quien ha “completado” la misma, y gracias a su obra nada más falta. Los discípulos, sin embargo, al pedir a Jesús que les aumente la fe, parten de una idea errada pero común, tan común que nosotros, que yo hoy igual la he tenido: que la fe es un asunto nuestro, un asunto mío.

No podríamos estar más equivocados.

Los discípulos creen tener algo de fe en ellos, que sólo necesitan “aumentarla” (en el griego en que fue escrito la petición de los discípulos expresa la idea de que se les añada más fe). Así como ellos, muchos de nosotros vivimos pensando que es nuestra “fe” personal, nuestra “confianza” en Dios la que logrará abrir para nosotros las puertas de la felicidad y la fortuna. ¡Que necios somos!

Aunque hicimos del versículo un refrán, lo hemos entendido mal: a la petición de sus discípulos el Señor les responde con una figura perfecta que debe hacernos entender la más cruel verdad, y esta es que nosotros no tenemos fe. Si la semilla de mostaza es una de las más diminutas del mundo, y con una fe del tamaño de ella es suficiente como para hacer que un gran árbol (el sicómoro) se desprenda de la tierra, se traslade hacia el mar y se siembre de nuevo allí, ¿cuántos árboles hemos hecho trasladarse de manera milagrosa?

La ilustración de Jesús quiere hacernos ver que en lugar de pedir para que nuestra fe personal sea aumentada, deberíamos procurar ser más fieles y obedientes, sin esperar a cambio nada. Es por eso que la ilustración se complementa con los versos siguientes:

“¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.” (Lucas 17:7-10 RVR1960)

Entonces, agradece al Señor por darte la fe que necesitas para confiar en la salvación que Él da y sírvele, sírvele porque como siervo es lo que debes, no pienses que ya has hecho tanto que ahora Dios te debe a ti, pues nunca podrás hacer tanto como para pagar lo que Él hace por ti.