Perdonar Es Matar Al Impío Que Llevamos Dentro

Perdonar a la gente significa que debemos morir. No hay otra manera. Y esa es también, por supuesto, la razón por la que no queremos perdonar. Perdonar es morir para las personas en las que nos convertiríamos, y a menudo nos convertimos, cuando engendramos amargura, concebimos resentimiento y alimentamos el deseo de una libra o tres de carne de aquellos que nos han lastimado. Nos consume. Nos devora como un cáncer desde dentro.

Perdonar es matar al impío que hay en nosotros para quien la absolución es anatema y la redención reprensible. Habrás notado que, en la oración que Jesús nos enseñó a orar, solo hay una línea en toda la oración que implica una acción de nuestra parte. Nuestro Padre mantiene Santo su Nombre. Él trae su Reino. Él nos perdona, nos da el pan de cada día, nos guarda en tiempos de tentación y maldad. Él es el hacedor de todos esos verbos. La única parte del Padre Nuestro que implica que hagamos algo es ésta: «como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». La razón de esto es obvia: podría decirse que no hay acto más fundamentalmente cristiano que perdonar a los demás.

Chad Bird (foto tomada de 1517.org)

La absolución es el corazón palpitante del discipulado porque Cristo, nuestro perdón, es el corazón palpitante del discipulado. Cada día nos perdona rica y pródigamente, prodigándonos amor, aunque seamos indignos. Y nosotros, una vez recibida, no construimos un dique en nuestro corazón para detener el flujo de la misericordia, sino que la dejamos pasar de nosotros a los demás. Perdonamos, como hemos sido perdonados.

(Visto en X el 14 de Enero del 2024, derivado del libro «Limping with God: Jacob & The Old Testament Guide to Messy Discipleship», de Chad Bird).

Deja un comentario