Servir a Dios es una extensión natural de la vida cristiana, aunque es crucial entender el propósito detrás del servicio. No se trata de compensar pecados, buscar reconocimiento o satisfacer necesidades personales. Sirvemos porque Dios lo manda, porque Cristo nos sirvió primero y porque amamos a nuestros hermanos. En todo, buscamos la gloria de Dios, utilizando nuestros dones para el bien de la iglesia.