“Habrá luz”

“… sucederá que al caer la tarde habrá luz”

Zacarías 14:7 RVR1960

Charles Addon Spurgeon es reconocido como “El Príncipe de los Predicadores”; su trabajo pastoral, sus sermones y escritos han edificado a miles desde los días de su ministerio hasta hoy, casi 130 años después de su muerte.

Entre sus numerosos escritos, “Morning by Morning” (hoy publicado bajo el título Look Unto Me”) representó uno de sus mayores retos personales. En sus propias palabras:

Si no tienes tiempo para leer tanto [este] devocional matutino como al menos un capítulo de la Escritura, te ruego sinceramente que prescindas de este libro, porque me entristecería mucho saber que alguien lea menos la Palabra de Dios por mi culpa… De hecho, estaría decepcionado si, después de todo, frustro mi propio propósito al desviarte un momento de tiempo para leer mis comentarios que en lugar de haberse dado a la búsqueda de la Palabra de Dios.

Charles Spurgeon, en “Morning by Morning” (1865, traducción personal)


De sus devociones diarias les comparto la que corresponde al día de hoy, Octubre 4.

«OCTUBRE 4

Para muchos santos, la vejez es la época más preciosa

“Al tiempo de la tarde habrá luz” (Zacarías 14:7)

FRECUENTEMENTE miramos adelante presintiendo el tiempo de la vejez, olvidando que a la tarde habrá luz. Para muchos santos, la vejez es la época más preciosa de sus vidas. Un aire más balsámico acaricia la mejilla del marinero, mientras se acerca a las playas de la inmortalidad; menos olas agitan su mar; la quietud reina profunda, suave y solemnemente. Las llamaradas del fuego de la juventud desaparecen del altar de la vejez, pero permanece la llama más real del sentimiento fervoroso. Los peregrinos han llegado a la tierra de Beulah [Isaías 62:4], aquel feliz país, cuyos días son como los días del cielo sobre la tierra. Los ángeles la visitan, las brisas celestiales pasan por ella, en ella crecen las flores del paraíso y el aire está impregnado con música seráfica. Algunos quedan aquí por muchos años, otros quedan sólo horas, pero este es un Edén terrenal. Bien podemos ansiar el tiempo cuando descansaremos en sus umbrosas arboledas y nos satisfaremos con esperanza, hasta que venga el tiempo del refrigerio. El sol parece más grande cuando se pone que cuando está en el cenit, y un esplendor de gloria tiñe todas las nubes que circundan al sol en su ocaso. El dolor no rompe la calma del suave crepúsculo de la vejez, pues la potencia, que se ha hecho perfecta en la flaqueza, soporta el dolor con paciencia. Los frutos maduros de escogida experiencia se cosechan en la tarde de la vida como preciosa comida, y el alma se prepara para el descanso. El pueblo del Señor gozará de luz también en la hora de la muerte. La incredulidad llora diciendo: Las sombras caen, la noche viene, la existencia termina. ¡Ah, no!, grita la fe: La noche ha pasado y ha llegado el día. La luz viene, la luz de la inmortalidad, la luz del rostro del Padre. ¡Adiós!, amado; te vas; haces señas con tu mano. ¡Ah! Ahora estás en la luz. Las puertas de perla se han abierto, brillan las calles de oro. Adiós, hermano, tú tienes luz en la tarde que nosotros aún no tenemos.»

¡Dios nos bendice!

En el fondo de todo

(Traducción libre de “At the bottom of it All” de John Piper, vía Solid Joys)

“En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad” (‭‭Efesios‬ ‭1:4-5‬ ‭NVI)

La experiencia de Charles Spurgeon no está más allá de la capacidad de cualquier cristiano ordinario.

Spurgeon, que vivió desde 1834 hasta 1892, era un contemporáneo y amigo de George Mueller y Hudson Taylor. Sirvió en el Tabernáculo Metropolitano de Londres durante más de treinta años como el pastor más famoso de su época.

Su predicación era tan poderosa que las personas se convertían a Cristo todas las semanas. Sus sermones todavía son publicados hoy y muchos lo consideran un modelo del ganador de almas.

Él recuerda una experiencia cuando tenía dieciséis años que dio forma a su vida y ministerio por el resto de sus días:

Cuando vine a Cristo, pensé que lo estaba haciendo todo yo mismo, y aunque busqué al Señor con seriedad, no tenía idea de que el Señor me estaba buscando. No creo que el recién convertido sea al principio consciente de esto.

Recuerdo el día y la hora en que recibí por primera vez esas verdades [las doctrinas de la soberanía de Dios, la irresistible gracia] en mi propia alma, cuando fueron, como dice John Bunyan, quemadas en mi corazón como con un hierro candente, y puedo recordar como sentí que había crecido, de repente, de un bebé a un hombre, que había progresado en el conocimiento de las Escrituras, al haber encontrado, de una vez por todas, esa pista de la verdad de Dios.

Una noche de la semana, cuando estaba sentado en la casa de Dios, no estaba pensando mucho en el sermón del predicador, porque no lo creía.

El pensamiento me golpeó: ¿Cómo llegaste a ser cristiano? Busqué al Señor ¿Pero cómo viniste a buscar al Señor? La verdad brilló en mi mente en un momento: no debería haberlo buscado a menos que hubiera habido alguna influencia previa en mi mente para hacer que lo buscara. Oré, pensé, pero luego me pregunté a mí mismo: ¿Cómo llegué a orar? Me indujeron a orar al leer las Escrituras. ¿Cómo llegué a leer las Escrituras? Las leí, pero ¿qué me llevó a hacerlo?

Luego, en un momento, vi que Dios estaba en el fondo de todo, y que Él era el Autor de mi fe, y así se me abrió toda la doctrina de la gracia, y de esa doctrina no me he apartado a este día, y deseo hacer de esto mi constante confesión, “atribuyo mi cambio completamente a Dios”.

¿Qué hay contigo? ¿Le atribuyes tu conversión completamente a Dios? ¿Está Él en el fondo de todo? ¿Esto te hace alabar la gloria de su Soberanía, su irresistible gracia?